Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (Trapenses)
LA UTOPÍA DE LA FAMILIA CISTERCIENSE
(Homilía en el 3º centenario de la muerte del Abad De Rancé, 27-10-2000)
Texte en français
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Celebramos hoy 300 años de la muerte de un monje cisterciense, Armand-Jean Bouthillier de Rancé. Se trata de un hermano nuestro que supo discernir el kairos o "tiempo divino" en el tiempo cronológico que le tocó vivir. El evangelio que acaba de ser proclamado nos habla precisamente de eso.
Los contemporáneos de Jesús son incapaces de discernir los signos del Reino de Dios en la persona y obra de Jesús. Esta incapacidad va a la par con la capacidad para leer el tiempo atmosférico según las condiciones del cielo. Pero esto no sirve para entender el tiempo presente o kairos como momento oportuno de decisión existencial. El tiempo de las decisiones finales ha llagado, por eso Jesús invita a sus oyentes reconciliarse antes que sea demasiado tarde (Lc.12:54-59).
Durante los últimos años todos nos hemos familiarizados con la expresión signos de los tiempos. Signos que han de ser detectados y discernidos. Estos signos son, ante todo, acontecimientos y hechos que caracterizan una época determinada; ellos revelan aspiraciones, necesidades y preocupaciones humanas en un momento dado. Más concretamente, estos signos se refieren a realidades hondas e irreversibles, percibidas por muchos y que abren a una esperanza de tiempos mejores.
La Iglesia, guiada por sus pastores, auscultando los cielos de nuestro mundo, ha discernido durante los últimos años numerosos signos: la elevación del mundo laboral, la presencia activa de la mujer en la vida pública, la emancipación de los pueblos, la búsqueda de la verdad reflejada en el interior de la conciencia, la sed de autenticidad, los medios de comunicación social, el reconocimiento de la identidad cultural de los pueblos jóvenes, la apertura a la comunidad internacional por parte de cada una de las naciones... Y en muchos de estos signos de los tiempo ha discernido signos de la voluntad salvadora de Dios, signos de su providencia paterna y misericordiosa, signos de la presencia del Reino. Los signos de Dios se encarnan en los signos de los tiempos aunque no siempre se identifican totalmente con ellos.
Tampoco faltan signos de los tiempos y de Dios en el cielo eclesial: la creciente catolicidad de la Iglesia, la activa participación del laicado en la evangelización, la inculturación del evangelio, el ecumenismo, el diálogo interreligioso... Y si abrimos bien los ojos de nuestra fe, si nos dejamos guiar por esa sabiduría que trasciende a la ciencia, descubriremos asimismo numerosos signos divinos en el cielo monástico del Císter. Fijemos nuestra atención en uno de estos signos de Dios: la Familia Cisterciense.
Hace poco más de un siglo que la única Orden Cisterciense se convirtió en la Familia Cisterciense compuesta al inicio por dos Ordenes diferentes según sus respectivas observancias monásticas. Recientemente, el Papa Juan Pablo II vuelve a utilizar la expresión con ocasión del noveno centenario de la fundación de la abadía de Císter. El Papa invita a la "gran familia cisterciense" a volver a las fuentes del carisma de los fundadores. A partir de este momento, el apelativo Familia Cisterciense alarga sus fronteras a fin de abarcar a todas las comunidades que tienen su origen en Císter, más allá de los lazos jurídicos que puedan existir entre ellas.
Por eso, la comunión que hoy añoramos y vivamente deseamos no se funda en la unidad jurídica ni en la uniformidad de observancias, sino en la adhesión al carisma cisterciense, apreciando la pluralidad de formas auténticas en las que este carisma se manifiesta. Si nuestros Padres presentaban su proyecto con la expresión: e pluribus unum; nosotros reconocemos nuestro ideal de familia en la frase: unum in pluribus. Es así como seremos "expertos en comunión", testigos y artífices de aquel proyecto de comunión que constituye la cima de la historia del hombre según Dios. Sólo así podremos presentarnos como "signo de un diálogo siempre posible y de una comunión capaz de poner en armonía la diversidad" (Vita Consecrata 46, 51).
El pasado 8 de Septiembre el Capítulo General de la Orden Cisterciense promulgó un mensaje, dirigido a todos los miembros de la Orden, sobre "la comunión en la familia cisterciense". El párrafo conclusivo puede muy bien ser subscripto por todos los miembros de la Familia: "Si con ánimo sincero aceptamos como base los fundamentos aquí expuestos por el Capítulo General, al observar los signos de nuestro tiempo que nos impulsan a promover la comunión en la familia cisterciense, confiamos que también se podrá aplicar a nosotros cistercienses aquellas palabras que la liturgia de la Cena del Señor pone en la celebración del Mandatum: Donde hay verdadero amor, allí está Dios".
Las palabras recién mencionadas fueron rubricadas con un abrazo fraterno, de mutuo perdón y reconciliación, entre los dos Abades Generales en representación de sus respectivas Ordenes.
Acto seguido se propuso al discernimiento de todos una sugerencia de tipo operativo a fin de que los buenos deseos se traduzcan en obras conjuntas. Se trata de formar un "Organismo de Colaboración" integrado por un miembro de cada grupo de la Familia Cisterciense. Dicho Organismo tendría como objetivo principal:
-Fomentar la fraternidad cisterciense entre los diferentes miembros de la Familia.
-Motivar todo aquello que ayude a profundizar la espiritualidad cisterciense.
-Sugerir formas de colaboración en el área de la formación.
-Promover un discernimiento de nuestra conversatio monastica ante los desafíos del mundo de hoy.
-Ayudar a evaluar la experiencia de inculturación del carisma cisterciense en las diferentes áreas culturales o subculturales.
Algunos podrán pensar que todo lo dicho es una mera utopía. ¡Por supuesto que es una utopía! Y en el mejor sentido de la palabra. La utopía concentra la esperanza como un resorte que nos lanza hacia el futuro. Sólo así germina lo aún inexistente, sólo así da gusto vivir. Lo que se precisa no es una nueva reforma, la cual se refiere a las estructuras y se vale de leyes. Necesitamos renovarnos, convertirnos, otra manera de ser y de actuar. Si nadie se escandaliza, podemos decir que se trata de desordenar el Orden actual con sus fronteras de prejuicios y temores para dar lugar a la vida real que puja hacia arriba, hacia adelante y hacia la comunión.
Una vez que los "políticos" de nuestras órdenes y congregaciones nos pongamos de acuerdo aceptando el riesgo de lo diferente y lo desconocido, ya llegarán luego los juristas si es necesario para instituir lo que haya que institucionalizar. Pero, sea como sea, la fraternidad efectiva es mucho más urgente e importante que la organización institucionalizada.
Pidamos a nuestro hermano Armand-Jean de ayudarnos a poner en obra los signos de los tiempos discernidos, y a ser extremistas, tal como lo fue él, cuando se trata de la causa de Dios. Amén.
Bernardo Olivera
Abad General
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