Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (Trapenses)


Armand-Jean
 de Rancé
:

¿un maestro de otros tiempos?  


"Permitidme imitar la pasión de mi Dios". Esta frase de Ignacio de Antioquía describe muy bien la ardiente y fecunda búsqueda espiritual que ha marcado la vida del Reformador de la Trapa. 

Armand-Jean Le Bouthillier de Rancé sobresalió aún antes de su conversión en 1657 y hasta su muerte hace 300 años, el 27 de octubre de 1700. El niño, nacido el 9 de enero de 1626 y apadrinado en su Bautismo por el Cardenal Armand-Jean du Plessis Richelieu y por la Marquesa d’Effiat, iba a manifestar desde su juventud una personalidad de gran relieve. Fue incapaz de medias tintas. Con su lealtad, su valentía y el radicalismo de sus decisiones, Rancé supo hacerse querer y odiar casi con la misma intensidad.

Los intereses de familia, sobre todo la ambición de su padre, forzaron al joven al estado eclesiástico sin tener vocación. "Por la mañana a predicar como un ángel, y por la tarde a cazar como un demonio". Así describía su vida el mismo Rancé, transformado en un eclesiástico de corte, rico, guapo, inteligente y adulado por todos.

Pero la Providencia tenía otros proyectos. El año 1657 marcó el punto de rotura con aquel estilo de vida y el inicio de una larga búsqueda, que debía conducirlo, seis años después, a la conversión definitiva. En 1657 moría improvisamente la Condesa de Montbazon, amada por él, y la enemistad del primer ministro, Mazzarino, determinaba su caída en desgracia y su retirada de la vida pública. Desde aquel momento, en su castillo de Véretz, uno de los más hermosos de Francia, Rancé medita intensamente, ora y pide consejo. Se va deshaciendo poco a poco de las distintas abadías y prioratos que tenía en encomienda, cinco en total. Elige restaurar y vivir, pero todavía como abad comendatario, en la Abadía de la Trapa, perteneciente a la Orden Cisterciense. Sólo el 17 de abril de 1663, durante la salmodia de sexta, quedará marcado indeleblemente por las palabras del salmo 124: "Los que confían en el Señor son como el monte Sión, que permanece para siempre". En ese momento decide hacerse monje. Después de un año de noviciado canónico en la Abadía de Perseigne, se convierte en Abad de la Trapa, el 14 de julio de 1664. Desde ese momento se dedica a la reforma de su Abadía con el entusiasmo de un neófito. La generosidad de su carácter fogoso y leal parecía despreocuparse de los fracasos y de las numerosas dificultades que tuvo que superar en el transcurso de los últimos 37 años de su vida. Las calumnias y las persecuciones de que fue objeto, por parte de aquellos que juzgaban su obra como fruto del orgullo y de la presunción, no le hicieron apartarse de su propósito, por el contrario, lo hicieron más paciente y más dócil a la voluntad de Dios, hasta tal punto, que el lema de su vida parece que fue: Inimicos diligere, Amar a los enemigos.

Su obra fue claramente bendecida por el Señor. Aunque comenzó con un puñado de discípulos, Rancé dejó a su muerte una comunidad floreciente de 90 monjes. La fecundidad de la reforma trapense estaba destinada a perpetuarse a través de los siglos y actualmente hay 100 monasterios trapenses de monjes y 70 de monjas, extendidos por todo el mundo, que buscan inculturarse en los lugares en que Dios los ha colocado.

Durante los largos años de su abadiado, Rancé supo ponerse a la escuela del Espíritu Santo; se dejó transformar y dulcificar en cada uno de los aspectos más ariscos de su carácter. Verdadero Padre en el Espíritu, queridísimo de sus monjes, supo transmitirles la pasión por Dios que le llenaba el corazón. La unanimidad con que, tanto el Abad como los monjes, continuaron durante años a ser fieles a las opciones hechas en el momento de su profesión religiosa, manifiesta la gran importancia dada a la vida fraterna, basada en el ejercicio continuo de las virtudes teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad. La vida sacramental – sobre todo la Eucaristía – muy concreta y profunda, y la oración, son los lugares en que, bajo la guía y acción del Espíritu Santo, los monjes reciben fuerza para mantenerse recíprocamente en la búsqueda de Dios, para gloria de su Nombre.

Uno de los capítulos más hermosos de su obra principal, Santidad y deberes de la vida monástica, es aquél en que Rancé habla del amor para con Dios y para con los hermanos. Allí pone las bases de la vida comunitaria, haciendo suyo el capítulo 17 del Evangelio de San Juan, y la 1ª Carta del mismo. Segùn la visión de Rancé, la comunidad es el lugar de la santificación del monje. Verdaderos amigos del Esposo, los hermanos testimonian y mantienen recíprocamente la fidelidad a Cristo. En Él viven como hijos del Padre. "La caridad es el vínculo y el fundamento de las comunidades monásticas. Lo mismo que las forma, también las conserva. Es ella que permite que los hermanos vivan, según la ley de Dios, en armonía, en una santa comprensión, y que carguen todos juntos, humero uno, con el yugo del Señor con un solo corazón, un solo espíritu y una sola voluntad" (Sainteté et devoirs ... I, p.322, Paris 1701). Rancé traza así los cimientos de la vida comunitaria.

El otro punto fundamental de la enseñanza de Rancé es la imitación de Cristo, que hoy llamaríamos "seguimiento de Cristo". Rancé pone de relieve sobre todo la obediencia filial al Padre y la humildad de la que Cristo nos ha dado ejemplo durante toda su vida terrenal. Con la imitación se llega a la conformidad con Cristo, es decir, a la transformación profunda, a la purificación del corazón y a la sencillez, porque Dios es simple. Son afirmaciones de gran profundidad, que atraen nuestra atención hacia el verdadero motor de la vida interior, señalado por el Abad de la Trapa: el amor de Cristo. La enseñanza de Rancé es austera, pero al mismo tiempo llena de serenidad, de paz y de equilibrio. Precisamente en los temas de la abnegación, de la humildad y del sacrificio se puede experimentar la radicalidad del seguimiento de Cristo. Por eso, la Iglesia, a través de los directores de conciencia más seguidos en ese tiempo, la escuela francesa de espiritualidad en primer lugar, proponía la importancia, más aún, la necesidad de la abnegación, de la purificación del corazón, del sacrificio, de la imitación de Cristo Salvador, para vivir la conversión en un siglo en que la exaltación del YO, en sus manifestaciones más deterioradas, se había convertido en el alma de una sociedad cada vez más mundana y superficial.

Su fidelidad heroíca hizo famosos a la Trapa y a su Abad, y legendario su estilo de vida. No debemos extrañarnos de esto. Rancé había tomado como maestros suyos a los Padres del desierto, a los antiguos Padres de la Iglesia, a los fundadores de la Orden Cisterciense y a San Bernardo, al que él amaba tanto que era llamado ‘el nuevo San Bernardo’. Con estas preferencias había elegido necesariamente un cierto tipo de escuela de espiritualidad, con la cual ni los Padres ni Rancè han quedado al margen del discurso teológico, sino que se han colocado en el corazón mismo de la teología, transmitiéndonos su experiencia de comunión profunda con Dios.

Rancé permaneció anclado a su enseñanza sobre Cristo y el Espíritu Santo, lo que significó hacer de la santidad de Dios el eje de todo el discurso teológico y espiritual. Lo fundamentó en el misterio íntimo del Verbo encarnado y en el vinculo entre el Antiguo y el Nuevo Testamentos. A nivel moral, donde la imitación de Cristo se hace carne, el principo fundamental es el acto de amor obediente de Cristo al Padre: "la obediencia hace al monje" (Sainteté et devoirs ..., I, p.132). Los hermanos forman una comunidad que "encuentra su modelo y su dinamismo unificador en la vida de unidad de las Personas de la Santísima Trinidad" (Vida fraterna en comunidad, 10). Si alguna virtud era evidente en la vida de la Trapa, ésta era la caridad, vivida en todas sus dimensiones.

¿Como responder pues, a la pregunta anunciada en el título e este artículo?  ¿Es Rancé un maestro pasado de moda?

Los recientes documentos del magisterio, ‘Vita consecrata’ y ‘Vida fraterna en comunidad’, con sus fuertes bases teológicas, parecen dar un aspecto carismático actualizado de la enseñanza de Rancé, al subrayar numerosos temas que él mismo tomó como fundamento de su reforma.

En la vida monástica cotidiana según el magisterio del Vaticano II, es fundamental volver a la doctrina de los Padres antiguos y de los fundadores de la Orden, al estudio de la Sagrada Escritura y a aquella Teología que se aprende solamente en la profunda unión con Dios, en la dinámica de una alegre fraternidad de comunión en la caridad. Es una vida escondida y contemplativa: en la fidelidad a la Regla de San Benito y a la doctrina de los Padres del Císter, por la cual se va haciendo parte viva del misterio nupcial de Cristo y de la Iglesia.

Desde la Trapa, a través de los siglos, llega hasta nosotros un mensaje de fuego.

Anna Maria Caneva
Monasterio de Vitorchiano

Publicado en L'Osservatore Romano del 28 de octubre de 2000.
Traducido por el P.Valeriano Rodríguez (Escolapio).
Adaptado por Agustín Roberts.


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