DISCURSO DEL SANTO PADRE
19 septiembre 2002
1. La reunión de los dos Capítulos generales
de la venerable Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia me brinda la
agradable oportunidad de encontrarme con vosotros, queridos abades, abadesas y
representantes de los monjes y monjas trapenses.
Gracias por esta visita con la que
pretendéis renovar la expresión de vuestra fiel adhesión al sucesor de Pedro.
Saludo con afecto a cada uno de vosotros. Dirijo un particular y grato
pensamiento hacia Dom Bernardo Olivera que ha interpretado los sentimientos
comunes, señalando también la finalidad y objetivos de vuestra asamblea. A
través de vuestras personas saludo a los Hermanos y Hermanas de vuestros
monasterios dispersos por todas partes del mundo. El Papa os lo agradece,
porque del silencio de vuestros claustros sube al cielo una oración incesante
por su ministerio y por las intenciones y necesidades de toda la comunidad
eclesial.
2. ¡Queridísimos Hermanos y
Hermanas! Os habéis reunido en estos días para reflexionar como el patrimonio común,
conservando integro el espíritu de sus orígenes, pueda responder mejor a las
exigencias del mundo presente. La humanidad, después de los trágicos
acontecimientos recientes, cuyo aniversario se cumple estos días, parece
desorientada buscando seguridad: ansia la verdad, aspira a la paz.
Pero ¿donde encontrar refugio
seguro sino en Dios ? Solo en la misericordia divina -recordaba en el reciente
viaje a Polonia- el mundo puede encontrar la paz y el hombre la felicidad. De
este secreto, escondido a sabios e inteligentes, pero revelado a los pequeños
(cf Mt 11,25), vuestros monasterios son desde siglos testigos privilegiados.
Desde el comienzo, en efecto, los
Cistercienses se caracterizan por una especie de “pasión mística”, mostrando
como la búsqueda sincera de Dios, por medio de un austero itinerario ascético,
lleva al inefable gozo del encuentro esponsal con Él en Cristo. Enseña al
respecto san Bernardo que, quien tiene sed del Altísimo no tiene nada propio y
todo es ya común con Dios. Y añade que el alma, en tal situación, “no pide libertad, ni recompensa, ni
heredad, ni siquiera doctrina, sino el beso [de Dios] como esposa castisima,
ardiente de santo amor, y totalmente incapaz de ocultar la llama que le abrasa”
(Bernardo, Super Cantica canticorum,
7, 2).
3. Esta elevada espiritualidad
mantiene todo su valor de testimonio en el actual contexto cultural, que con
mucha frecuencia incentiva el deseo de los bienes caducos y de paraísos
artificiales. Vuestra vocación, queridísimos Hermanos y Hermanas, es de hecho
la de testimoniar, con una existencia recogida en la Trapa, el elevado ideal de
la santidad resumido en un amor incondicional por Dios, bondad infinita, y de
reflejar un amor que abarca místicamente en la oración a toda la humanidad.
El estilo de vida que os
caracteriza, subraya bien estas dos coordenadas que componen el amor. No vivís
como eremitas en comunidad, sino como cenobitas en un desierto particular. Dios
se manifiesta en vuestra soledad personal, como también en la solidaridad que
os une a los miembros de la comunidad. Estáis solos y separados del mundo para
adentraros en el camino de la intimidad divina. A la vez, compartís esta
experiencia espiritual como otros hermanos y hermanas, en un equilibrio
constante entre contemplación personal y unión a la liturgia de la Iglesia.
¡Conservad intacto este patrimonio
carismático! Constituye una riqueza para todo el pueblo cristiano.
4. La expansión de la Orden os
coloca hoy, especialmente en el Extremo Oriente, en contacto con diversas
tradiciones religiosas, con las que es necesario tejer un sabio y prudente
dialogo para que resplandezca por doquier la única luz de Cristo, Jesús es el
sol radiante, del que la Iglesia debe ser un fiel reflejo, según la expresión “mysterium lunae, particularmente querida
a la contemplación de los Padres. Esta tarea, como escribía en la Carta
Apostólica “Novo millennio ineunte, nos hace temblar, si tenemos en cuenta la
fragilidad humana, pero es posible cuando uno se abre a la gracia renovadora de
Dios (cf. n. 55).
Que no os desanimen, Hermanos y
Hermanas carísimos, las dificultades y pruebas, por muy dolorosas que sean.
Pienso, a este respecto, a los siete monjes de N. Sra. de Atlas en Tibhirine,
en Algeria, brutalmente asesinados en mayo de 1996. Que su sangre derramada sea
semilla de numerosas y santas vocaciones para vuestros monasterios en Europa,
donde es más sensible el envejecimiento de las comunidades de monjes y monjas,
y en otras partes del planeta, donde se manifiesta otra urgencia, la de
asegurar la formación a los numerosos aspirantes a la vida cisterciense. Os
deseo, además, que una coordinación más orgánica entre las diversas ramas de la
Orden, haga siempre mas elocuente el testimonio del carisma común.
5. “Duc in altum”! (Lc 5,4). Os
dirijo también a vosotros, queridísimos hermanos y hermanas, la invitación de
Jesús a remar mar adentro; invitación para todo el pueblo cristiano al final
del Gran Jubileo del 2000. Avanzad siempre sin temer el camino emprendido,
animados por el “buen celo” del que habla san Benito en su regla, no
anteponiendo absolutamente nada a Cristo (cf. cap. LXXII).
Os acompañe vigilante María, la
Virgen Santa y con ella os protejan los santos y beatos de la Orden.. El Papa os
asegura un constante recuerdo en la oración, mientras de corazón os bendice a
vosotros aquí presentes y a vuestras comunidades.
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