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        Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (Trapenses)

     Bernardinas de Oudenaarde
                          Historia y espiritualidad


1. Los comienzos de la Congregación

Los comienzos de la Congregación se sitúan en Flandes a finales del siglo XII. Afectado por la miseria de la gente sencilla de Oudenaarde, un sacerdote comenzó una casa de acogida, un refugio fuera de la ciudad. Algunos hombres o mujeres cuidaban de los pobres y enfermos que buscaban un abrigo, un alojamiento.

Muy pronto este asilo se convirtió en un hospital, puesto bajo la protección de la Santísima Virgen. A lo largo de toda la historia hasta hoy día, esta acogida, esta apertura a las necesidades concretas de la época, ha caracterizado nuestro compromiso apostólico.

Hoy lo vivimos en la acogida de los pobres allí donde nos encontramos: el pobre desconocido de las grandes ciudades como Bruselas y Gante; las familias kosovares en Oudenaarde, los extranjeros; los pobres-enfermos en Ruanda que no tienen dinero para pagar su cura en un hospital; los niños que no tienen acceso a las escuelas, las mujeres con bebés sub-alimentados.

En 1124, el obispo de Tournai daba una primera regla a la comunidad. Una regla de vida que aprobaba el compromiso evangélico, base del compromiso caritativo de estos hombres y mujeres. Esta regla fue aprobada por el Papa Gregorio IX en 1237.

En el siglo XIII, la irradiación de Císter y de la renovación espiritual de los Cistercienses eran muy grande en Flandes. Sobre todo por mediación de las Condesas de Flandes, Juana y Margarita de Constantinopla, se fundaron muchas abadías cistercienses. Unas cincuenta, de las que la mayoría eran de monjas. En esta época, había lazos muy estrechos entre los Condes de Flandes, san Bernardo y la abadía de Claraval. Esto explica por qué las dos Condesas quisieron promover la vida cisterciense en nuestra región. Gracias al obispo de Tournai, uno de los personajes más influyentes en este tiempo, la mayoría de estas abadías se incorporaron a la Orden de Císter o se pusieron bajo la autoridad del Abad de Claraval.

En 1232, Juana de Constantinopla decide unir una abadía cisterciense al hospital de Nuestra Señora de Oudenaarde. Hizo lo mismo con el hospital de Byloke en Gante. De esta manera quería unir la vida monástica de oración con la acogida a los pobres y el cuidado de los enfermos.

Por diferentes razones, la abadía no pudo permanecer al lado del hospital. Un año después, se trasladó a Ath. Ignoramos un poco las razones. Hay varias hipótesis:

- la dificultad de conciliar el compromiso activo con la vida contemplativa,
- quizá la falta de soledad, debido a la cercanía de la ciudad,
- tal vez razones políticas: al otro lado del Escaut, otro señor empezó una abadía cisterciense de monjas. Quizá impidiera la construcción de una nueva abadía en las cercanías de la primera.

A pesar de la partida, la comunidad de Oudenaarde permaneció fiel al espíritu cisterciense. Las hermanas conservaron el hábito blanco y negro, un estilo de vida que ponía el acento en la liturgia, la oración de las Horas, la escucha de la Palabra, la vida comunitaria y la hospitalidad. En los archivos, muy raros en este período de la historia, algunas fuentes hablan de Hermanas hospitalarias "de la Orden cisterciense" en Oudenaarde. A finales del siglo XVIII se empieza a llamar a las hermanas "Hermanas Bernardinas". Desde los años treinta de este siglo, los Superiores promovieron su petición de afiliación a la gran Familia Cisterciense. En 1946, este lazo espiritual fue oficialmente confirmado por el Capítulo General reunido en Císter el 1º de mayo de 1946. Era Abad General, Dom Dominique Nogues, quien nos comunicó la decisión del Capítulo General en una carta del 20 de agosto de 1946.


2. A través de los siglos

A lo largo de la historia jamás hubo interrupción. Incluso cuando el número de hermanas se limitaba a doce: 11 hermanas y una Priora.

Durante el reinado del emperador José II, se cerraron varias abadías y conventos. Solamente las comunidades de Hermanas hospitalarias podían continuar por "utilidad social". En el momento de la Revolución francesa, algunas Hermanas que quedaron fueron obligadas a salir. En un momento dado, quedaba sólo una religiosa. Tres veces la expulsaron del hospital y otras tres volvió y comenzó de nuevo.

En 1932 la Congregación envió unas Hermanas en misión a África, expresamente a Ruanda. En 1982, unas Hermanas rwandesas y belgas partieron para el Chad. Desde 1995 tenemos una comunidad de Hermanas Bernardinas en Burkina-Faso.

Actualmente contamos con 204 hermanas, 133 Hermanas belgas, 60 Hermanas ruandesas y una joven Hermana Chadiana. En Bélgica tenemos una postulante, en Rwanda 5 postulantes y 2 novicias. En la provincia flamenca tenemos 10 comunidades, de las que una con Hermanas ruandesas en Bruselas. En Ruanda hay 7 comunidades, 2 en el Chad y una en Burkina.

En la provincia flamenca nuestras actividades son la enseñanza, el cuidado de los enfermos, la pastoral de los jóvenes, la pastoral parroquial, la ayuda a los pobres, a los ancianos, a los extranjeros.

En la provincia rwandesa, las Hermanas están comprometidas en la enseñanza, el cuidado de los enfermos, la promoción de la mujer, los proyectos de agricultura, la pastoral juvenil y la vocacional.


3. La búsqueda espiritual

En estos últimos años, gracias a los lazos con la Familia Cisterciense en África y en la región flamencófona, y gracias también a la apertura que hemos experimentado, vivimos en la Congregación un resurgimiento. En todas nuestras hermanas y sobre todo en nuestras Hermanas ruandesas, hay un doble deseo:

a) conocer mejor la espiritualidad cisterciense en general y en particular la espiritualidad de san Bernardo a fin de vivirla con más intensidad,

b) precisar mejor nuestra identidad, nuestra especificidad en cuanto Hermanas Bernardinas y en cuanto Hermanas apostólicas.

Durante un año hemos preparado en nuestras comunidades nuestro Capítulo General que hemos tenido en agosto de 1999. Hemos intentado responder a este doble deseo. Nos hemos reunido en nuestras comunidades para estudiar el tema: "En camino hacia el nuevo milenio como religiosas apostólicas en el interior de la gran Familia Cisterciense". Hemos leído juntas varios textos sobre la vida y la espiritualidad cisterciense en general. Nos hemos sentido impactadas por la radicalidad del estilo de vida, sobre todo de la vida de silencio, la sobriedad y el trabajo manual. Hemos sentido que se nos hacía una llamada, una llamada a buscar cómo, en nuestra vida apostólica, podemos dar más espacio a estos tres valores cistercienses.

En segundo lugar, hemos leído una síntesis de la espiritualidad, en particular de san Bernardo. Nos hemos hecho la pregunta : "¿Qué sentido tiene esta espiritualidad para nuestra vocación, para nuestra vida comunitaria y para nuestro compromiso apostólico?" Hemos planteado esta misma cuestión al Hno. Lode Van Hecke, de Orval. Ayudadas por él, hemos intentado formular lo esencial de nuestra vida religiosa para hoy día.

Resaltamos algunos elementos:


Primer elemento:

• Lo esencial de nuestra vida es la "búsqueda de Dios", quien nos ha llamado a la vida y nos ha creado a su imagen y semejanza:

• buscar a Dios en el silencio de la oración, por la revisión de vida y el conocimiento de sí, por la Lectio divina y la liturgia;

• buscar a Dios en el otro, en la Hermana y en cualquier hombre que sea.


Segundo elemento:

Vivir la comunión :
     • vivir la vida comunitaria como una 'escuela de la caridad';
     • vivir la comunión con toda humildad;
     • vivir la comunión abriéndonos a la alteridad del otro;
     • vivir la unión en la diversidad en cuanto hermanas europeas y africanas;
     • vivir la comunión más allá de las fronteras, en la apertura y en la reciprocidad.


Tercer elemento:

Nuestro compromiso apostólico:  inspirándonos en la espiritualidad de san Bernardo y en el espíritu de acogida que está en los orígenes de nuestra Congregación, lo hemos resumido en estas palabras:

• acoger al hombre, imagen de Dios;

• acoger al hombre con respeto profundo, con compasión;

• acoger al hombre cualquiera que sea : acoger, escuchar, hacer sentir al otro que es escuchado y querido por otro ser humano y finalmente por Dios;

• servir a nuestro Dios en el otro. Dejar crecer, madurar nuestro amor para que sea 'útil', 'útil' para el otro, 'útil' para el reino de Dios entre nosotros.

En el futuro, esperamos continuar nuestro caminar espiritual. La reflexión sobre la espiritualidad se ha sentido en Flandes y sobre todo por nuestras hermanas ruandesas como un enriquecimiento, como un nuevo impulso hacia el futuro. La hemos experimentado como una verdadera espiritualidad 'humana', portadora de una mirada hacia el hombre, hacia la finalidad y destino de nuestra vida humana. Hemos encontrado una nueva inspiración para nuestro compromiso apostólico. Para todas nosotras es una gran alegría ser 'hermanas Bernardinas' en la gran Familia Cisterciense. Y es aún más verdad para nuestras hermanas ruandesas con aquello que han vivido estos últimos años; la profundización en esta espiritualidad cisterciense les da un nuevo empuje hacia el porvenir, un futuro que hay que construir en un país desgarrado, enfrentado a la dificultad de vivir la reconciliación y la paz.

(Conferencia de la Madre Noëlla Ghijs,
Priora General de las Bernardinas de Oudenaarde,
 a los Capítulos Generales de la O.C.S.O. de 1999)


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