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Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (Trapenses) |
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DEL MONASTERIO DEL CISTER
Lo introdujo en la nube, cara a cara le dio sus mandamientos. El sabio Ben Sira medita sobre la historia sagrada de su pueblo. Su sabiduría proviene de esta meditación, la historia le ensena cómo Dios obra con los suyos, conociendo su Obrar se descubre su Ser. Moisés era un hombre de bien que hallaba gracia a los ojos de todos: amado por Dios y por los hombres. Dios le mostró algo de su propia gloria, le hizo oír su voz, le introdujo en la nube de su propio misterio, cara a cara le dio sus mandamientos (Ecco. 45: 1-5). La persona de Moisés ha sido rica en simbolismos: modelo de santidad, de ascenso hacia Dios y de unión mística con El. No es raro entonces que para nuestros autores cistercienses Moisés orando en el monte sea símbolo de los monjes y ermitaños (S. Bernardo, 3 Sant 118). Entre los que siguen al Señor en procesión de entrada a Jerusalén hay algunos que se asemejan a Moisés: los que van detrás, lo único que pueden ver es su espalda, como Moisés (...) Los que están junto a él le pueden mirar de vez en cuando, pero deprisa y no de una manera continua y perfecta (...) En comparación de los otros, éstos son los que le ven mas cara a cara, eso mismo se dice de Moisés (..) Pero la visión perfecta ni el mismo Moisés desfruto de ella en esta vida (Idem, R.M. 2:7). No es raro entonces que una cisterciense de la segunda hora hable así: El gozo, el amor, la delectación y la suavidad, la visión, la luz, la gloria, es lo que Dios exige de nosotros, aquello para lo cual Dios nos hizo. El orden y la religión verdadera es hacer aquello para lo cual fuimos hechos. Contemplemos lo que es la belleza suprema, deleitémonos en lo que es la dulzura suprema, luchemos vehementemente contra lo que se opone a ello. Que todos nuestras actividades, el trabajo como el reposo, la palabra como el silencio, estén orientados a este fin (Isaac, Sermón 25:7). La deformación de nuestro ser espiritual demanda una reforma total antes de llegar a la conformación con Dios en Cristo. Esta unión con Dios --no importa como se la exprese: visión, paz, reposo, sábado, contemplaci6n-- es el fin ultimo y primero de nuestra vida monástica. La doctrina mística de nuestros primeros Padres es lo mas precioso de la herencia que ellos nos han legado. Nuestro mundo actual esta sediento de Dios, busca su rostro a tientas y parece no encontrarlo. Si hemos sido fieles al patrimonio recibido, si hemos sido perseverantes en la oración y, como Moisés, nos mantenemos firmes, como si viéramos al invisible, fijos los ojos en Jesús (He. l 1:27; 12:2), entonces si tendremos algo que ofrecer y compartir. Por él, unos y otros, tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu. La epístola a los Efesios, que ha sido proclamada hoy, nos anuncio que Cristo ha reconciliado a los judíos y a los gentiles entre si y con Dios. Podemos preguntarnos si Jesús, el Cristo, no deseara también romper los muros de división que separan a los miembros de la familia cisterciense, a fin de hacer de nosotros un solo Hombre Nuevo. Retornemos confiados a la inspiración primitiva que nos hizo nacer como don de Dios para la Iglesia. Abracemos sin temor la legitima variedad de tradiciones suscitadas por el Espíritu a lo largo de nuestros nueve siglos de seguimiento de Jesús. Solo así podremos maravillarnos de la riqueza que ocultaba aquel don inicial. Esto no es mas que el preámbulo que ha de estimularnos a buscar una comunión efectiva a recuperar y siempre a construir. Parafraseando a san Bernardo, me permito concluir así: Hoy hemos creado entre nosotros, hermanos y hermanas queridísimos, un encuentro o sínodo corporal (conventum vel synodum corporum); pero debemos formar otro sínodo mas importante. Ia unión de las almas. No seria encomiable una asociación corporal junto con una disociación espiritual. De nada sirve agruparse en un lagar -aunque sea Cîteaux mismo-- si discrepamos en el espíritu. Y de nada nos sirve el lagar, por mas santo que sea, si no nos recomienda la union de espíritus (3 Sent 107) Bernardo Olivera, ocso. Cîteaux, 21 de Marzo de 1998 |
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