Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia  (Trapenses)


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IX CENTENARIO DE LA FUNDACIÓN

DEL MONASTERIO DEL CISTER

NACIMIENTO DEL CARISMA CISTERCIENSE
 
1098 - 21 Marzo -1998

 

El autor del Exordio Magno data la fundación del Cister el 21 de Marzo, en la solemnidad de San Benito, que ese ano 1098 coincidía con el Domingo de Ramos. Todos sabemos que esa fecha es más simbólica que cronológica. Y, precisamente por eso, nos interesa: el Nuevo monasterio es un nuevo brote primaveral y pascual del carisma benedictino. (Exordio Magno XIII).
La identidad de un grupo religioso, tal como los "cistercienses", se encuentra en la autointerpretación del grupo original y del grupo actual. Esto significa que los documentos primitivos y lo vivido al inicio tienen algo que decimos, al igual que los documentos contemporáneos y la vida de hoy. El Espíritu Santo que trabajo inspirando el carisma original, trabaja asimismo inspirando la vivencia enriquecida por tiempos y lugares de dicho carisma. El carisma original y su experiencia actual constituyen nuestra identidad.
En esta linea, las lecturas escogidas para el día de hoy nos hablan de: seguir a Jesús pobre, para entrar en el misterio, y comulgar con Cristo y todos los seres humanos. Dejemos que la celebración presente ilumine y fecunde nuestro pasado, a fin que este muestre toda su novedad de vida en el Resucitado. Veamos este mensaje, acojamos esta gracia, mediada por las tres lecturas que hemos escuchado.
Vende lo que tienes, luego ven, y sigueme
El evangelio nos habla de un rico que desea la vida eterna, pero no está dispuesto a renunciar a sus riquezas y, en consecuencia, no sigue a Jesús y permanece en su tristeza. El texto continua advirtiéndonos sobre lo dificil que es para un rico entrar en el Reino de los cielos . Finalmente el Señor promete la vida eterna a quienes hayan dejado todo para seguirlo. Aunque, muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros (Mt.19:16-30).
Todo esto nos remite a un pasaje precioso del Exordio del Cister (I:3-4) que dice así:
Como las posesiones y las virtudes no van unidos largo tiempo algunos hombres sabios de esta santa comunidad (de Molesmes), que miraban mas alto, eligieron estar mas aplicados a las cosas celestes que implicados en negocios humanos. ~4 partir de entonces ellos, que amaban las virtudes, comenzaron a pensar constantemente en la fecundidad de la pobreza que engendra caracteres viriles.
Nuestros primeros Padres eran bien conscientes que sin bienes materiales no se puede vivir ni servir a Dios; no obstante: cuanto menos tengamos, tanto mejor (S. Bernardo, XC 5:2; quinto strictius, tanto melius). La razón es sencilla: los bienes temporales son licitos si no se aman, e ilicitos si se les ama; pero tanto si se les ama como si no se les ama, no son de gran provecho, porque pervierten pronto con sus halagos el corazón de quien los posee (Idem, Ep 462:7).
No hay pureza de corazón posible sin el destierro de todo lo superfluo, viviendo en la simplicidad de la pobreza, siguiendo e imitando a la Madre pobre de Cristo pobre (Gerrico, Pur 4:6).
Pero, qué significa para nosotros hoy, en un mundo empobrecido por riquezas acumuladas, mal repartidas y pésimamente destinadas? Sin pretender mesianismos o protagonismos ilusos, tanto el Evangelio cuanto nuestros Padres nos invitan a:
-Renunciar a los bienes materiales para adquirir el mayor y único bien: Jesús. -Desterrar la propiedad privada individual por tratarse de un terrible vicio. -Trabajar para ganarnos el pan de cada día y compartir con quienes no tienen pan. -Simplif car nuestra existencia para entrar por el camino austero que lleva a la vida. -Compartir los bienes con los desposeídos de esta tierra. -Preferir aquellos seres humanos que han sido mas quebrados por nuestra inhumanidad.
Por lo demás, el día que esta pobreza evangélica y libremente asumida transforme nuestras comunidades en su conjunto y todas nuestras estructuras e instituciones, entonces si que podremos anunciar la Buena noticia del Reino: máxima solidaridad, al costo que cueste, para ganar la vida de todos, perdiendo la propia. Y denunciar el antirreino y sus slogans: máximo de beneficio, con mínimo costo, para provecho propio.
Si nuestro testimonio de pobreza causa una pobre impresión es porque nos llamamos pobres pero no queremos empobrecernos. Y. nos dice el Señor: solo los pequenos y pobres entran en el Reino y su misterio.

Lo introdujo en la nube, cara a cara le dio sus mandamientos.

El sabio Ben Sira medita sobre la historia sagrada de su pueblo. Su sabiduría proviene de esta meditación, la historia le ensena cómo Dios obra con los suyos, conociendo su Obrar se descubre su Ser. Moisés era un hombre de bien que hallaba gracia a los ojos de todos: amado por Dios y por los hombres. Dios le mostró algo de su propia gloria, le hizo oír su voz, le introdujo en la nube de su propio misterio, cara a cara le dio sus mandamientos (Ecco. 45: 1-5).

La persona de Moisés ha sido rica en simbolismos: modelo de santidad, de ascenso hacia Dios y de unión mística con El. No es raro entonces que para nuestros autores cistercienses Moisés orando en el monte sea símbolo de los monjes y ermitaños (S. Bernardo, 3 Sant 118). Entre los que siguen al Señor en procesión de entrada a Jerusalén hay algunos que se asemejan a Moisés: los que van detrás, lo único que pueden ver es su espalda, como Moisés (...) Los que están junto a él le pueden mirar de vez en cuando, pero deprisa y no de una manera continua y perfecta (...) En comparación de los otros, éstos son los que le ven mas cara a cara, eso mismo se dice de Moisés (..) Pero la visión perfecta ni el mismo Moisés desfruto de ella en esta vida (Idem, R.M. 2:7). No es raro entonces que una cisterciense de la segunda hora hable así:

El gozo, el amor, la delectación y la suavidad, la visión, la luz, la gloria, es lo que Dios exige de nosotros, aquello para lo cual Dios nos hizo. El orden y la religión verdadera es hacer aquello para lo cual fuimos hechos. Contemplemos lo que es la belleza suprema, deleitémonos en lo que es la dulzura suprema, luchemos vehementemente contra lo que se opone a ello. Que todos nuestras actividades, el trabajo como el reposo, la palabra como el silencio, estén orientados a este fin (Isaac, Sermón 25:7).

La deformación de nuestro ser espiritual demanda una reforma total antes de llegar a la conformación con Dios en Cristo. Esta unión con Dios --no importa como se la exprese: visión, paz, reposo, sábado, contemplaci6n-- es el fin ultimo y primero de nuestra vida monástica. La doctrina mística de nuestros primeros Padres es lo mas precioso de la herencia que ellos nos han legado.

Nuestro mundo actual esta sediento de Dios, busca su rostro a tientas y parece no encontrarlo. Si hemos sido fieles al patrimonio recibido, si hemos sido perseverantes en la oración y, como Moisés, nos mantenemos firmes, como si viéramos al invisible, fijos los ojos en Jesús (He. l 1:27; 12:2), entonces si tendremos algo que ofrecer y compartir.

Por él, unos y otros, tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu.

La epístola a los Efesios, que ha sido proclamada hoy, nos anuncio que Cristo ha reconciliado a los judíos y a los gentiles entre si y con Dios. Podemos preguntarnos si Jesús, el Cristo, no deseara también romper los muros de división que separan a los miembros de la familia cisterciense, a fin de hacer de nosotros un solo Hombre Nuevo.

Retornemos confiados a la inspiración primitiva que nos hizo nacer como don de Dios para la Iglesia. Abracemos sin temor la legitima variedad de tradiciones suscitadas por el Espíritu a lo largo de nuestros nueve siglos de seguimiento de Jesús. Solo así podremos maravillarnos de la riqueza que ocultaba aquel don inicial. Esto no es mas que el preámbulo que ha de estimularnos a buscar una comunión efectiva a recuperar y siempre a construir.

Parafraseando a san Bernardo, me permito concluir así: Hoy hemos creado entre nosotros, hermanos y hermanas queridísimos, un encuentro o sínodo corporal (conventum vel synodum corporum); pero debemos formar otro sínodo mas importante. Ia unión de las almas. No seria encomiable una asociación corporal junto con una disociación espiritual. De nada sirve agruparse en un lagar -aunque sea Cîteaux mismo-- si discrepamos en el espíritu. Y de nada nos sirve el lagar, por mas santo que sea, si no nos recomienda la union de espíritus (3 Sent 107)

Bernardo Olivera, ocso.

Cîteaux, 21 de Marzo de 1998

   

   


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