VISIÓN DE LA ORDEN 2002
basada en los informes de las casas
El fenómeno y significado de Precariedad
"Nuestra gran sorpresa fue descubrir que casi todas las comunidades se encuentran en una situación precaria." (Comisión 7 de la RGM ).
La palabra clave de esta RGM parece ser "precario": falta de seguridad, inseguro, fácilmente desequilibrado, dependiente del favor y de la ayuda de los otros. Cualquier comunidad dependiente de la ayuda exterior, sea material, sea en personal o que necesite un superior, podría caer dentro de esta categoría.
Esta fragilidad puede verse como una amenaza o como una oportunidad. En lugar de decir "a pesar de nuestra situación de precariedad, hay esperanza y vitalidad," podemos, tal vez, buscar una vida y visión nueva precisamente en el corazón de nuestra precariedad. Muchos, de hecho, ven la actual situación como una gracia, un tiempo de cambio, un tiempo favorable en el más profundo sentido teológico, una liberación dentro del contexto del Misterio Pascual. Vemos que nosotros mismos nos encontramos en una situación no muy diferente de la de nuestros Padres Fundadores en Císter antes de la llegada de San Bernardo. También nosotros experimentamos la apertura a lo nuevo, aunque "no sepamos todavía exactamente lo que esto va a ser". Hay una sed de vuelta a lo esencial, a la simplicidad evangélica radical, que se hace tanto más posible cuanto mayor es la fragilidad de las actuales circunstancias.
¿Qué es lo que puede permitirnos beneficiarnos de esta precariedad? Dicho de otro modo: ¿Por qué queremos sobrevivir? ¿Es una nueva forma de la pregunta de San Bernardo: Ad quid venisti? ¿Ad quid remanes? Nuestra convicción como Capítulo, aunque sólo se haya expresado parcialmente, es:
1. La vida monástica es el sendero de salvación que Dios ha elegido para mí en esta comunidad. Estoy feliz y espero que otros puedan hallar la misma felicidad.
2. La vida Cisterciense es un sendero de transformación en Cristo dentro del contexto monástico.
3. Dios quiere obrar por medio de nosotros para poder ser la encarnación de su Amor en el mundo de hoy.
4. El mundo continúa apartándose de los valores evangélicos, pero cuanto más se aparta, mayor es la necesidad que tienen las comunidades de vivir y anunciar estos valores.
En última instancia, lo que nos preocupa no es la supervivencia de la Orden, sino la edificación de la Iglesia de Cristo. Cuanto más convencidos estemos de que nuestra vida es un carisma genuino que nos permite a los hombres y mujeres crecer en la comunión en Cristo, tanto más tendremos la misión de vivirlo plenamente y, en consecuencia, transmitirlo a otros, a la próxima generación y generaciones. Vocación y misión coinciden.
Dentro de la Orden, esta fecundidad se manifiesta en las recientes fundaciones y en la nueva diversidad de los ritos litúrgicos. Estamos descubriendo que nuestro carisma es vivificante, en algunos casos no tanto en la continuidad de vida dentro de una comunidad particular, cuanto en otras comunidades, países y formas de vida eclesial. Así, en unión con Cristo, transformamos nuestras experiencias de disminución y precariedad entregando nuestras vidas para que otros puedan vivir.
La situación actual de nuestras Comunidades
No hay duda de que hemos llegado al momento en que son necesarios cambios sustanciales en nuestro estilo de vida. Además de una disminución lenta -y, para muchos hasta ahora imperceptible, en el número y vigor- en varios de nuestros monasterios, algunas comunidades se están ya sintiendo como "aplastadas" por las estructuras actuales, en particular, por el tamaño desproporcionado de los edificios y por una economía compleja. Por otra parte, el peso de mantener las cosas "exactamente como siempre han estado" incide negativamente en nuestro equilibrio Cisterciense. La sobrecarga y la tensión disminuyen la posibilidad de vivir plenamente la dimensión contemplativa que es la esencia de nuestra vocación. A menudo, lo más duro del trabajo recae sobre los superiores. Muchos destacaron la calidad y dedicación de los superiores actuales, pero ellos necesitan nuestra solicitud pastoral.
Es útil identificar, tal y como hicieron las Comisiones de la RGM, algunos de los aspectos de precariedad que son el resultado de una inadecuada respuesta a nuestra vocación. El hecho de reconocerlos ofrece la posibilidad de un cambio real de dirección. Quizás el primero de ellos es la falta de "inculturación cronológica". En los treinta últimos años, la Orden ha animado a cada nueva fundación a enraizarse en la vida actual de su cultura, este impulso, en parte, explica su florecimiento. Sin embargo, hasta ahora no hemos tomado conciencia de que las casas más antiguas, en las viejas culturas, necesitan también inculturarse en la realidad contemporánea de la sociedad post-cristiana. Cuando una comunidad no está continuamente enraizándose en la historia de salvación de su pueblo, corre el riesgo de hacerse, primero extranjera, y, luego, anacrónica.
En segundo lugar, las Comisiones reconocieron que varias comunidades han estado marcadas durante largo tiempo por relaciones interpersonales destructivas, cuyas consecuencias no desaparecen automáticamente, aunque las personas afectadas hayan abandonado la comunidad. Es necesario que un proceso de memoria, diálogo y reconciliación restaure la urdimbre comunitaria.
Una tercera debilidad ha sido el fracaso, por parte de los superiores y el Padre Inmediato, de hacer frente a personas o situaciones difíciles por miedo a reacciones fuertes. Evitar los problemas lleva a conflictos mayores cuando la situación se hace insostenible.
En cuarto lugar, las comunidades se han mostrado a veces poco dispuestas a reconocer su precariedad, incluso cuando personas de la propia comunidad u otros miembros de la Orden han intentado presentársela. Esta negación vacía a la precariedad de su capacidad de estimular una vuelta a lo esencial y la rebaja a no ser más que un simple presagio de desaparición.
Hay, sin embargo, muchas iniciativas que se están tomando en la Orden. Un buen número de comunidades han adaptado o están adaptando ahora su economía, edificios, liturgia, programas de cuidado sanitario, etc., a sus circunstancias actuales. Otras han pedido la formación de "Comisiones para el futuro", pequeños grupos de superiores llamados a discernir la actual llamada de Dios a la comunidad y el modo mejor de responder a ella. En algunos monasterios, en los que el clima afectivo comunitario ha sido complejo y difícil durante un largo período, se ha invitado a unos expertos de fuera a ayudar a la comunidad a salir de situaciones bloqueadas en donde sus recursos vitales estaban, al menos parcialmente, agotados por causa del conflicto.
Adaptar las estructuras de la vida monástica a las realidades de la disminución es un paso positivo, pero no es suficiente. Las comunidades pueden haberse simplificado y, sin embargo, básicamente, seguir viviendo de la misma manera. Existe el peligro de una cierta espiritualización de la fidelidad, que encubre sutilmente mera resignación a un lento proceso de muerte. Se necesita una renovación más profunda del carisma.
Hacia el futuro
Se ha expresado repetidamente la creencia de que la Orden sigue teniendo vitalidad. Esta vitalidad debe dirigirse a la formación continua, entendida como conversión. La comunidad debe vivir su conversatio con intensidad suficiente como para experimentar en sí misma el calor del Espíritu e invitar a otros a entrar en él. No hacerlo sería abandonarse a la tristeza y la resignación. Debe volver constantemente al evangelio y a su simplicidad, como criterio para sus decisiones concretas y para expresar los elementos esenciales de nuestra vida monástica.
¿Qué tipo de formación inicial se necesita en la Iglesia monástica al principio del siglo XXI? Buscamos claramente una formación para el compromiso, que alcance y penetre el núcleo de la persona, para que en los momentos inevitables de crisis radical él o ella elijan una vez más al Cristo Cisterciense. Nosotros mismos debemos redescubrir y encarnar la complementariedad de observancias, valores y comunión para poderlas comunicar a los nuevos miembros. Poner estas tres dimensiones en oposición sería crear confusión y duda de sí en el/la joven en los mismos comienzos de su vocación.
Con relación a los formadores, de los que se ha subrayado su importancia capital, deben ser, sobre todo, personas que han entrado profundamente en el proceso de transformación monástica en Cristo y continúan viviendo en él, llegando así a ser capaces, por la misericordia de Dios, de engendrarlo en otros.
¿Cuál es el papel del superior en todo esto? Él/ella ha de ser una persona que está en el centro de la comunidad. Alguien que, como un vidente, percibe la verdadera situación comunitaria y anima a los hermanos en el proceso de reconocer la realidad del don divino en ellos, aceptándolo responsablemente, discerniendo y poniendo en práctica las medidas apropiadas. Tiene suficiente confianza en los hermanos como para atreverse a nombrar las cosas por su nombre e invitarles a la continua conversión. Es indispensable que desarrolle y profundice sus capacidades espirituales y humanas porque, de algún modo misterioso, la comunidad llega a asumir sus rasgos. Con todo, la responsabilidad de la comunidad de formar y apoyar al superior por su fe y el deseo de vivir bajo un abad es igualmente importante para cualquier liderazgo significativo.
Dos nuevas voces se han hecho sentir con mayor claridad en esta RGM: las jóvenes comunidades y los laicos Cistercienses. Para las comunidades más recientes, la precariedad es su habitat natural. Al carecer de algunas de las estructuras tradicionales y lejos de la posibilidad de colaboración con los monasterios cercanos, llevan necesariamente una vida más simple. Su pobreza constituye una experiencia privilegiada en la que los miembros de una comunidad frágil pueden descubrir juntos, por sí mismos, las razones evangélicas de las observancias monásticas. Su supervivencia no depende de llevar a cabo un programa previamente formulado, sino más bien, de adherirse al Señor donde quiera que él pueda llevarlos.
Es importante que las comunidades antiguas de la Orden se beneficien de este tipo particular de precariedad fecunda. Al esforzarse por mantener a toda costa su riqueza tradicional, económica, académica y estética, podrían estar obstaculizando la misma renovación que desean. Por su parte, las comunidades más jóvenes deben resistir la tentación de buscar reproducir modelos antiguos más elaborados y tomar conciencia de que ellas mismas poseen los medios para su propia formación.
L
os asociados Cistercienses son testigos del valor de nuestra tradición como medio de santificación para los hombres y mujeres laicos de hoy. Su entusiasmo confirma, al mismo tiempo, la creencia en la vitalidad de nuestro carisma. Queda claro que ellos no sólo desean recibir de nosotros, sino ayudarnos en este tiempo de transición. ¿No podrían contarse entre las nuevas vocaciones a la Familia Cisterciense?Conclusión
Otros Capítulos han trabajado para elaborar legislación o para tratar de la vida de las comunidades a la luz de los principales temas monásticos. La RGM del 2002 ha sido esencialmente pastoral. Una sencilla, pero simbólica expresión de ello, ha sido el establecimiento de un fondo intercomunitario. Esto nos ha acercado más al espíritu original del Capítulo General según la Carta de Caridad. Desde ahora y hasta la próxima reunión de las Comisiones Centrales ¿sería posible continuar esta actividad pastoral en nuestras comunidades y regiones reflexionando sobre el significado del fenómeno de la precariedad y sobre nuestra respuesta al mismo? Lo que comenzó como una "sorpresa" se convertiría así en el impulso para una novedad de vida.
Posibles temas para la reflexión:
¿Cuál es el valor teológico, evangélico de la precariedad?
¿Por qué la adaptación del tamaño de las estructuras es todavía insuficiente?
¿Qué significa formación para el compromiso?
¿En qué medida los superiores tendrían que llamar a las cosas por su nombre para invitar a la conversión?, y ¿En qué medida tendrían que engendrar nueva vida por su oración y compasión?
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ítulos Generales
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