Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia (Trapenses)


Cuatro conferencias sobre

LA GRACIA CISTERCIENSE HOY: CONFORMACIÓN CON CRISTO

dadas durante la R.G.M. de 1999

1. Madre Paul Smets de Soleilmont (Bélgica)      
2. Dom Patrick Olive de Sept-Fons (Francia)     
3. Dom Joseph Boyle de Snowmass (U.S.A.)     
4. Hna. Lily Scallion de Glencairn (Irlanda)         

1.  M. Paul Smets de Soleilmont (Bélgica)

Se me ha pedido expresar qué es para mí la conformación con Cristo. Voy a intentar hacerlo muy sencillamente.

Leemos en el Génesis: "Dijo Dios: 'Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza'" (1,26). "El hombre es hecho a semejanza de aquel que le hizo", dice Guillermo de Saint-Thierry(1). Él es "una imagen de la propia naturaleza de Dios" (Sab 2,23). Respecto a esta super-naturaleza, Juan exclama: "Dios es amor" (1Jn 4,8). Dice también: "El Hijo único, que está en el seno del Padre, nos lo ha contado" (Jn 1,18). Se ha hecho uno de nosotros, ha tomado la misma forma que nosotros para revelarnos al Padre, conducirnos a él, hacernos "reencontrar nuestra afinidad nativa hecha disforme por el pecado"(2). Cristo es el camino. Es en Él en quien "el hombre es llamado a transformar, 'en la gracia' imagen en similitud, en el sentido fuerte de participación"(3).

"El hombre no se conforma él mismo, es conformado"(4). Y "su amor le es dado para recibir forma, para llegar a ser, por deseo de Dios, un amor a la medida del Dios amor"(5). La conformación con Cristo es, por tanto, una gracia por recibir, un don por acoger. Es del orden del ser, más que de dinamizar nuestro hacer moral, cambiar "nuestro corazón de piedra en un corazón de carne". Tiende sin cesar a la unidad del ser y del hacer. A cada uno le corresponde el inventar, "bajo el soplo y el fuego del Espíritu, una manera personal, por tanto inimitable de vivir a Cristo"(6). Él, el Alfa y la Omega, la Imagen perfecta del Padre, la Cabeza viviente de la Iglesia.

El bautismo incorpora el hombre a Cristo. "Todos vosotros, en efecto, habéis sido bautizados en Cristo, habéis sido revestidos de Cristo" (Gál 3,27), nos dice san Pablo.

Antes de ver cómo se realiza la conformación con Cristo en la consagración religiosa, en el carisma cisterciense y, más específicamente, en el cargo abacial, me gustaría señalar la obra del Espíritu Santo actuando en la vida de los hombres independientemente de toda relación con la Iglesia y la vida sacramental.

Pienso en el hombre desfigurado por el pecado, viviendo en la mayor indiferencia e ignorancia sobre su calidad de hijo de Dios y que, sin embargo, conserva como en filigrana los rasgos de la imagen divina.

Pienso en Mahatma Gandhi, apóstol valiente de la no-violencia, que escribía: "Puesto que he desechado la espada, ya no queda otra cosa sino la copa del amor que yo pueda ofrecer a aquellos que se dirigen contra mí"(7).

Pienso en el Dalai Lama quien, según sus propias palabras, "aspira toda la brutalidad, la persecución de las que su pueblo es víctima, y espira simplemente la compasión".

Pienso en nuestros hermanos musulmanes de corazón recto, y en tantas sencillas gentes de nuestras regiones descristianizadas de Europa que irradian sin saberlo bondad, paciencia, misericordia de las que Cristo es el manantial.

¿Cómo el cristiano, incorporado a Cristo por el bautismo, consagrado a Dios por la profesión religiosa, va a crecer en la conformación de su vida con la del Hijo de Dios? SS. Juan Pablo II, en la exhortación apostólica post-sinodal sobre la vida religiosa, se expresa así: "La persona consagrada no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de reproducir en sí misma, en cuanto es posible, 'aquella forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo'. Abrazando la virginidad, hace suyo el amor virginal de Cristo y lo confiesa al mundo como Hijo unigénito, uno con el Padre (cf Jn 10,30; 14,11); imitando su pobreza, lo confiesa como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor (cf Jn 17,7.10); adhiriéndose, con el sacrificio de la propia libertad, al misterio de la obediencia filial, lo confiesa infinitamente amado y amante, como aquel que se complace sólo en la voluntad del Padre (cf Jn 4,34)(8).

La persona consagrada, atraída por Cristo, aspira a dejarse llevar más y más por los sentimientos que animaban a Cristo Jesús.

"Este Modelo, Cristo, -nos dice Madre Blanca- será tanto más asumido y asumidor cuanto más contemplado y verificado, más contactado y escuchado. Será preciso permanecer tanto ante Él que la Fuerza que emana de su Persona pueda ir realizando en nosotros su obra, y su influjo modelador vaya transfiriéndonos, como por ósmosis, su forma, a la vez que, por nuestra parte, ofrecemos nuestra activa pasividad que acoge en silencio esperanzado su acción transformadora"(9).

Esto nos lleva a hablar de la configuración con Cristo por el carisma cisterciense. Nuestras Constituciones nos dicen: "Cristo se forma en los corazones de las hermanas mediante la liturgia, la enseñanza de la Abadesa y la vida fraterna" (C. 3,2).

Es de la liturgia, y principalmente de la Eucaristía, como de un manantial, de donde la gracia fluye a nosotros. La vida litúrgica es una apertura a Dios que nos llama a celebrarlo a lo largo de todo el día en la fe y en el amor. Juntos, nos deslizamos, nos perdemos en la gran oración sacerdotal de Cristo y unimos nuestra pobre alabanza a la suya, todo para gloria del Padre.

Mencionemos también los valores monásticos, que son: la soledad y el silencio, la oración personal, la lectio, el trabajo, etc. Estos valores bien vividos favorecen un clima de verdadero recogimiento que nos hace actuar "con el sentimiento de la presencia de Dios, bajo su mirada, con gratitud hacia Él y atención hacia el prójimo"(10). Es, según Máximo el Confesor, "tener su espíritu aplicado a Dios con una gran reverencia y un gran amor (...), contar con Dios en todas nuestras acciones y en todo lo que nos ocurra"(11): permanecer en la oración que invade, pacifica, inflama todo el ser.

La vida fraterna, concretización de esta vida de oración, juega un papel importante en nuestra formación. Una misma llamada nos une, las respuestas difieren, teniendo cada una su propio camino, su gracia particular. Pertenecer totalmente a Cristo, darle en todo el primer puesto: he aquí lo esencial. Dejarse modelar cada día por las contrariedades, las alegrías, la mutua edificación, pone a prueba pero es constructivo. Se puede hablar verdaderamente de "comunión" fraterna. Es bueno -y es alentador- adivinar la acción del Espíritu en cada una. Yo pienso en tal anciana cuya sonrisa y mirada luminosa irradian paz, en tal otra cuyas manos fatigadas no se cansan de pasar las cuentas del rosario, en aquella que con generosidad está enteramente entregada a su tarea comunitaria, en el fervor totalmente nuevo de una joven... Alguien ha hablado de estética de la vida fraterna. ¡Y es exacto, sí, es algo hermoso una comunidad! Aquellos y aquellas que lo viven, ¿no son, acaso, signos de la fraternidad que el mundo tiende a realizar trabajosamente? ¿No vienen a ser artesanos eficaces para la Iglesia y para el mundo, por la intercesión, por la escucha paciente y la ayuda que se aporta a aquellos que llaman a la puerta del monasterio?

Cuando habla de la enseñanza del abad, san Benito desea que la dé más por sus hechos que por sus palabras (RB 2,12). Vivir de Cristo, ser conforme al Evangelio -como lo espera de sus monjes- es, por tanto, la exigencia primera del servicio abacial. Si la enseñanza deriva de una experiencia será más verdadera, logrará más frutos. Si la mirada con que se mira a la comunidad se deja iluminar por la de Cristo, estará cargada de bondad y de misericordia.

Releyendo los capítulos 2 y 64 de la RB he quedado impresionada por la insistencia de Benito sobre el cuidado que el abad deberá tener de aquellos que Dios le ha confiado. "Aceptó el gobierno de almas" (RB 2, 34). A pesar de la experiencia diaria de nuestras limitaciones, nos es preciso desplegar todas las posibilidades de nuestra persona humana y espiritual, todas las riquezas de la gracia, para "hacer crecer" a nuestras hermanas en el conocimiento de la fe, en el gozo del don, en la unidad y la libertad del amor. La tarea no siempre es fácil:
    -mantener en cada una el deseo de no anteponer nada al amor de Cristo
    -despertar el sentido de la corresponsabilidad
    -armonizar las sensibilidades distintas
    -aunar opiniones opuestas en una visión común
    -animar o suscitar los pasos de reconciliación, los diálogos.

Felizmente, ¡Cristo ha prometido estar con nosotros hasta el fin! También recurrimos con confianza a aquellos y aquellas que nos han precedido en el camino cisterciense. Sus escritos, llenos de luz y de fuego, nos estimulan todavía hoy. Escuchemos al bienaventurado Elredo aconsejando a su hermana reclusa: "Que todo tu amor se concentre en Él sólo"(12). "Rompe por tanto el alabastro de tu corazón, y todo lo que tú posees de devoción, todo lo que tienes de amor, de deseo, de afecto, todo, derrámalo sobre la cabeza de tu Esposo, adorando al hombre en Dios y a Dios en el hombre"(13).

También Beatriz de Nazaret nos recuerda: "Esta es, por encima de todo, la obra del amor: Él quiere la unión más estrecha y el estado más alto, donde el alma se entrega a la unión más íntima"(14).

Recordamos la sabia recomendación de san Benito: "Cuando te dispones a realizar cualquier obra buena, pídele con oración muy insistente que Él la lleve a término" (RB Prólogo 4). Pues "la oración es el taladro que ahonda las profundidades para hacer que brote Dios"(15). La oración al Señor por cada una de las hermanas confiadas a nuestro cuidado, tal es lo que más a pecho debemos tomar, y también volvernos con toda naturalidad hacia nuestra Señora, nuestra Madre. "Ella desea (...) formar a su Hijo único en todos sus hijos de adopción. Aunque ellos hayan sido ya engendrados por la Palabra de verdad, ella continúa dándolos a luz cada día por los deseos y la solicitud de su ternura hasta que alcancen la talla del Hombre perfecto, la medida de la plenitud de la edad de su Hijo"(16).

Con san Bernardo y para toda la humanidad, sí: "Miremos la Estrella, invoquemos a María"(17).

Así, de día en día, a pesar de nuestra lentitud y de nuestras impotencias, a pesar de las dudas y la oscuridad, vamos adelante, recordando que si nuestro hacer es necesario, es secundario. Lo más importante es la obra del Espíritu en nosotros, su gracia que nos levanta, su amor gratuito que suscita il nuestro. Ahora bien, "el amor es la semejanza del hombre con Dios, y es esta conformación misma la que hace que él no sea sino un solo espíritu con Dios"(18). Una tal conformación -dice san Bernardo- desposa el alma con el Verbo (Cant. 83,3). ¿No es éste el fin último de nuestra vida, esperando reinar con Él, Cristo resucitado, en el Reino del Padre?


2. Dom Patrick Olive de Sept-Fons (Francia)

Para un monje, plantearse la cuestión de la identidad representa un ejercicio que no está exento de ambigüedad. ¿Busca con ello darse razones para vivir, quiere profundizar en el conocimiento que tiene de sí mismo, o simplemente desea hacer un balance en un determinado momento de su vida? Lo mismo podría decirse de la comunidad monástica: cuando trata de comunicar su identidad, ¿lo hace porque tiene la impresión de que la está perdiendo, o para entenderla mejor, o para reforzar su cohesión o su dinamismo? Al hablar así, no intento responder a estas preguntas; con todo, si mis propósitos aportasen algunos elementos de respuesta no habrían sido del todo inútiles.

Conformados con Cristo por la gracia del bautismo, podemos decir con san Pablo (Ef 4,24) que esta gracia hace de nosotros hombres nuevos, y al mismo tiempo podemos decir también que nos hace hijos (cf. Rom 8,14ss) y hermanos (1 Pe 1,22). Esta gracia de conformación es al mismo tiempo, e indisolublemente, una gracia de reconciliación (Rom 5,10ss): reconciliación con Dios nuestro Padre, que propiamente nos constituye en hombres nuevos a imagen de Cristo; reconciliación con nosotros mismos, que nos hace capaces de llegar a ser verdaderamente hijos en el Hijo; reconciliación con los otros, que nos da la posibilidad de ser en verdad hermanos en Jesucristo.

Para nosotros, esta conformación-reconciliación se realiza mediante la puesta en obra de la llamada que hemos recibido, en la vocación a la vida monástica en la escuela de Císter. La "gracia cisterciense" dará una forma y un color particular a nuestra manera de convertirnos en el hombre nuevo, hijo y hermano. Esta gracia cisterciense, que constituye nuestra identidad, me gustaría captarla en el momento en que brota, lo más cerca posible de su fuente histórica: en la Regla de san Benito, considerándola ante todo como un modo de vivir la Regla con inteligente fidelidad. Inteligente fidelidad que nos permita desarrollar al mismo tiempo la creatividad necesaria y la prudencia animosa, exenta de ingenuidad. Es tales condiciones, la vida según la Regla será para nosotros el camino seguro hacia la conformación con Cristo.

Quisiera decir algunas palabras de este itinerario considerando en primer lugar la comunidad, después al abad, y finalmente a los que entran en nuestra vida. Al hablar de gracia, inevitablemente hablaré de tentaciones, y si tuviera que hablar de situaciones concretas, lo haría, por supuesto, a modo de ilustración y no de ejemplo.

La comunidad

Una comunidad cisterciense consiste por lo general en un conjunto heteróclito de personas de edad, temperamento y origen diversos, lo cual es un reto para las leyes del sentido común ordinario. En lugar de nivelar a priori las dificultades aparentes, buscando una homogeneidad visible (congregar gente de la misma generación, o que tiene modos de ver semejantes o una historia común), diríase que un azar faccioso multiplica a porfía las diferencias, incluso las contradicciones, como para invitarnos a buscar más lejos -¿más alto, más profundamente?- el motivo de nuestra presencia juntos en un mismo lugar. Desde luego, como dice claramente san Benito (cf. Pról), que es la gracia de la vocación la que nos reúne; pero sólo podemos entender esto situándolo en el interior de la gracia más radical de nuestra renovación en Cristo por el bautismo. También son precisos medios concretos para expresar y estructurar una auténtica fraternidad. En primer lugar colocaría los ritos de la vida común, que la especifican, canalizando y orientando las emociones. Mal vividos son causa de esclerosis, pero si se los sabe utilizar son un auténtico medio de renovación. Sin embargo, si una comunidad de monjes no se rompe a los primeros choques, o si resiste victoriosamente a los asaltos renovados de las fuerzas disgregadoras que la trabajan desde el interior o desde el exterior, es ante todo y principalmente porque sabe que está compuesta por hombres que, a pesar de sus miserias, están profundamente -¡a veces, es cierto, demasiado profundamente!- renovados por Cristo. Por muy dependientes que se vean del hombre viejo, estos hombres nuevos saben que lo que les une es más fuerte que lo que les divide, y que la vida es más fuerte que la muerte. Quizá mal o dolorosamente, pero en verdad, viven la Esperanza y superan así obstáculos contra los que algunos "prudentes" podrían creer que se iban a estrellar. La vitalidad de una comunidad es signo, sin duda alguna, del crecimiento en ella de la gracia cisterciense, pero la perseverancia en la prueba muestra seguramente que los hermanos que la componen crecen en la conformación con el Cristo de la Pasión y de la Resurrección.

Al vivir bajo una Regla y un abad, los monjes cistercienses aceptan el hecho de que su relación de filiación "a imagen del Hijo" (Rom 8,29) se concreta, y en cierto sentido se verifica, en la relación con el abad. Existe ahí una ocasión y un riesgo. Una ocasión porque esta relación hace posible una percepción más precisa y más clara de la relación filial con nuestro Dios y Padre que, sin eso, podría quedarse en el nivel teórico; es un riesgo porque, bien sea por causa de una paternalismo que siempre está vigilando o por un cambio de acento en el registro de los sentimientos, se puede caer en la caricatura de una filiación que tarde o temprano será rechazada, o en una pretendida autonomía que esconde de hecho una dificultad de vivir unas relaciones equilibradas. Vemos cómo existe ahí un campo muy amplio para crecer en la conformación con Cristo: hacer nacer y hacer crecer una relación justa con el abad, que sea fuente de equilibrio personal y comunitario; velar por el equilibrio de esta relación sin tensión ni negligencia, puesto que a través de ella se despliega de hecho o se marchita una gracia en cada uno de nosotros.

El modelo benedictino de la comunidad se ha entendido de forma diversa según las épocas. Actualmente estamos acostumbrados a considerar la comunidad como una fraternidad y no como un agregado de unidades autónomas que deben rozarse lo menos posibles unas con otras, o como una reproducción de la familia romana. Se trata sin duda de una adquisición de nuestro tiempo. Con todo, nos engañaríamos si pensásemos que se puede pasar "naturalmente" de una fraternidad humana a la fraternidad en Jesucristo. Si la fraternidad natural ofrece a la gracia un campo favorable, también puede cerrarle la puerta. Hace tiempo, un autor distinguía entre comunidades "psíquicas" y comunidades "espirituales" -es decir, abiertas al Espíritu-. Para ser cada vez más conformes con Cristo, no podemos eludir una conversión de nuestra vida fraterna: acoger sin temor todo lo que nuestras riquezas humanas pueden desplegar para favorecer nuestras relaciones, pero aceptando igualmente un amor que no necesite estar sostenido por el sentimiento, adquirir progresivamente una verdadera autonomía personal, experimentar que el amor fraterno ha de ser tan recibido como dado, con la esperanza de que ninguna ruptura es total y que siempre se puede, a través de ella, profundizar en la fraternidad.

El abad

Está claro, o al menos espero que sea así, que el abad, lo mismo que cada uno de los hermanos, debe también convertirse en un hombre nuevo en Cristo. Fundamentalmente lo llegará a ser siguiendo los mismos caminos que sus hermanos. Con todo, el servicio que realiza en la comunidad le ofrece, y en cierto sentido le impone, unos caminos que podrán ser o no, para él, su camino de crecimiento. El hombre nuevo crece desde el interior e irradia hacia afuera. Es posible que esta irradiación sea muy débil, mas lo importante para el abad es... ¡que no sea demasiado escasa! Los hermanos necesitan saber que el abad es, como ellos, frágil y sujeto a la tentación. También necesitan ver que hace todo lo posible para hacer concordar sus palabras con sus hechos. Reducir al máximo los efectos de fachada, las actitudes "compuestas", desarrollar una auténtica libertad frente a los modos -aunque fuesen espirituales-, pide esfuerzo y una continua renovación interior. Programa desesperante si nos apoyamos en nuestras propias fuerzas, pero camino de crecimiento si nos abrimos a la gracia que hace nuevas todas las cosas y unifica el corazón.

Ser padre permaneciendo hijo es, para el abad, un equilibrio inestable que no tiene la garantía de asegurar siempre tanto como sería preciso. Ocupar una posición de autoridad sin dejar de reconocerse dependiente no es algo evidente. Entre el paternalismo que más arriba hemos denunciado y el abandono de sus responsabilidades elementales, es muy difícil hallar un camino. Si el abad no tiene conciencia de ser hijo en el Hijo, si no tiene en relación con Dios su Padre un comportamiento filial, ¿cómo podría él mismo, a su vez, ejercer una paternidad sin ahogar a los otros? O bien se comportará como un tirano doméstico (¡gracias a Dios tal raza parece extinguida o en vías de extinción!), o bien dejará pasar todo confundiendo delegación con irresponsabilidad. Si además la relación entre él y los hermanos no va nunca más allá de las cuestiones materiales o la buena vecindad, no podrá encontrar la actitud justa que únicamente se sitúa bien en una perspectiva de orden espiritual. ¡Vasto campo de conversión continua que contribuye también en buena parte al equilibrio de las personas y de la comunidad!

Si el abad debe hallar su justo lugar como padre, es y sigue siendo hermano de sus hermanos. Esto es lo segundo que hay que tener en cuenta, ¡y no lo más fácil! Hermano no quiere decir "colega" y hay una gran tentación de creer que así se abolirán las dificultades. Ante todo hay que decir que la distancia es un componente necesario de la relación, y asimismo que únicamente se logrará evitar la confusión y el malestar que le acompaña en la medida que cada cual ocupe su lugar, un lugar claramente legible. Sólo también esta claridad en las situaciones pondrá al abad a cubierto de esa peste de las relaciones que es la acepción de personas (RB 34). Ciertamente, él es libre para mantener sus relaciones personales, pero no hasta el punto de que ello afecte al conjunto de la comunidad. La gracia de una verdadera fraternidad es frágil y preciosa. Sus notas habituales serán: paz, paciencia, alegría sencilla, bondad. Si el abad las irradia en torno suyo, crecerá con sus hermanos en la conformación con el Cristo manso y humilde de corazón.

Para poner en práctica estos comportamientos, evidentemente se necesita tiempo. En francés se dice que el tiempo no respeta porque se hace sin él; esto es verdad por lo que respecta a las actitudes personales del abad, y también para sus relaciones con los hermanos, tanto si uno cuenta en años, en lustros o incluso en decenios.

Los que ingresan en el monasterio

Ocurre a veces que en el monasterio se presentan personas que no están bautizadas. Cualesquiera que sean los problemas que tal situación pueda plantear en otros lugares, yo percibo en ello un ejemplo concreto de la continuidad profunda entre la vocación cristiana y la vocación monástica. El hombre nuevo del que nos revestimos en el bautismo encuentra en la llamada a la vida cisterciense un poderoso medio de crecer y fortalecerse. Pero a menudo, los que se presentan, incluso aunque estén bautizados, tienen un conocimiento bastante elemental de este itinerario. El descubrimiento de lo que son -riquezas y límites- no se realiza sin sufrimiento. Este descubrimiento solamente resulta útil, y posible, si se hace a la luz de la gracia. Ver cohabitar en uno mismo el hombre viejo y el hombre nuevo pide tanta fe como lucidez; el que ha sido rescatado es el que reconoce y acepta su miseria y sus cualidades. Sin esta iluminación, y a la vez sin un progreso inteligente, se corre el riesgo de caer en la desesperación o en la ilusión. Ayudar a un hombre de nuestro tiempo a entrar en nuestra vida, y por consiguiente a ser un poco más hombre nuevo, entraña mucha paciencia, lucidez y desinterés. Supone participar a veces en una verdadera aventura de gracia, pero también en errores dolorosos para todos.

Con frecuencia -incluso con mucha frecuencia- nos vemos confrontados a personas cuyo itinerario es "agitado". Familia, experiencias, conocimientos, en todos los campos se encuentran obstáculos importantes. Resulta difícil la toma de conciencia de una relación posible con un Dios Padre, y los puntos de contacto son raros cuando no negativos. Las mismas palabras son engañosas porque se revisten de realidades comparables. ¿Hay que bajar los brazos y pensar que nuestra vocación no tiene ya futuro en una sociedad como la nuestra? Ello sería, a mi juicio, pecar contra la Esperanza. Necesitamos ciertamente volvernos inventivos para hallar los caminos por los que la gracia, que ha reunido a estas personas, podrá seguir trayéndolas a nuestra vida. Mi experiencia aquí es que no se trata en modo alguno de "rebajar" para vender una "mercancía", sino -y esto es más difícil- de ver si nuestra vocación corresponde verdaderamente al designio de Dios sobre esas personas tal como son. Vemos aquí la importancia de lo que san Benito designa como "un anciano capaz de ganar almas" (RB 58). Llegar a ser hijo es la vocación de todo cristiano y la fuente de su equilibrio. El monasterio cisterciense puede en verdad ser, para aquellos a quienes Dios trae a nosotros, el camino para lograrlo.

El hecho de que una comunidad pueda atraer personas que tienen necesidad -con frecuencia crudamente- de relaciones verdaderas, bien para salir de un aislamiento individualista, bien para escapar del ahogo de una falsa comunidad, no tiene nada de asombroso. Pero convertirse en hermano no es más fácil que convertirse en hijo. Pasar de una actitud de consumidor de la vida común a una actitud de participante en la misma requiere esfuerzos y superaciones a veces desconocidos para aquellos a quienes se les pide. También aquí podemos constatar que la vida fraterna es un don que se sitúa en un registro diferente del de nuestros esfuerzos o del de una justa educación. Sin menospreciar esto último, debemos tener muy presente que se nos hace hermanos, mucho más que hacérnoslo (llegar a ser) por nosotros mismos. Esto es verdad para quienes ya están en la comunidad, y más aún para quienes ingresan en ella, si bien no es fácil hacérselo saber. Para ser conformados con Cristo, también ellos tienen que aceptar el hecho de recibir el don de ser perturbados por el Señor con vistas a alcanzar un verdadero progreso.

Conclusión

Las breves notas aquí recogidas han abordado la cuestión desde un ángulo muy limitado: la descripción de algunas situaciones concretas; sería preciso añadir a ello la enseñanza de los autores espirituales de nuestra tradición, el papel de la liturgia y del trabajo, etc. Espero únicamente haber mostrado que sea cual sea el estado en que uno se encuentre en la vida cisterciense, y cualquiera que sea el lugar que se ocupe en la comunidad, no existe más que un solo y profundo dinamismo que pueda animarnos: recibir y buscar esa gracia de conformación con Cristo que nos convierte en lo que somos: monjes benedictinos según la tradición de Císter. Esa es, me parece a mí, la verdadera fuente de la unidad de las personas, de las comunidades y de las distintas comunidades entre sí. Y eso es también, a mi juicio, lo que asegura la fecundidad siempre ofrecida de nuestra forma de vida y la atracción que ésta puede ejercer todavía hoy.


3.  Dom Joseph Boyle de Snowmass (U.S.A.)

"Señor Jesús, ¿quién eres tú y quién soy yo?" Con frecuencia utilizo esta pregunta para recogerme al comenzar la oración personal. Exactamente ¿quién es este Cristo al que procuramos conformarnos? El misterio de Cristo es tan amplio y rico que ninguna línea de pensamiento lo puede contener. No obstante, la clave para mí está en que Jesucristo fue y es el lugar de la presencia de Dios entre nosotros... Emmanuel, Dios con nosotros.

El teólogo holandés Eduard Schillebeeckx se refería a Cristo como "sacramento de encuentro con Dios". Cuando reflexiono sobre el tema "La Gracia cisterciense hoy: Conformación con Cristo", me parece que estamos llamados como personas, y colectivamente como comunidad, a ser el sacramento de encuentro con Dios... en unión con Cristo, para ser así lugar de la presencia de Dios en el mundo.

Esto afecta a todos los aspectos de nuestra vida.

En la liturgia estamos unidos con Cristo, dado que toda la creación recobra su sentido en nosotros y puede alabar y celebrar al Creador. Rezamos los mismos salmos que rezó Cristo, nos unimos a él en su oración eucarística al Padre. En Snowmass, quizá por ser una comunidad pequeña, nuestra liturgia no tiene el esplendor de las liturgias de las grandes comunidades. Sin embargo, tiene una elegante sencillez; la oración es real y la presencia de Cristo llena los silencios. Nuestros cantos están acompañados a veces por los "cantos" de los coyotes de fuera, y la grandeza y belleza de la naturaleza que nos rodea entra a través de los cristales claros de las ventanas de nuestra capilla.

En la lectio divina y oración personal acrecentamos la conciencia de nuestra unión con Cristo y nos abrimos a su Espíritu, que nos trabaja ... el Espíritu que nos transforma en imagen de Cristo.

En nuestras relaciones comunitarias, los cistercienses nos convertimos unos para otros en la presencia de Cristo. En el último Capítulo General examinamos el tema de la comunidad como Schola Caritatis y encontramos el amor de Cristo fluyendo a través de todas las dimensiones de nuestra vida comunitaria. En la mutua solicitud, al perdonar y ser perdonados, la vida de Cristo fluye a través nuestro. «Que los mayores amen a los jóvenes, y los jóvenes respeten a sus mayores». Practicando esta máxima de San Benito ofrecemos a la sociedad un ejemplo que puede remediar la creciente división entre generaciones en nuestro mundo moderno. En Snowmass, respetando el carácter personal del proceso de crecimiento en Cristo en que cada hermano de la comunidad está implicado, hacemos lo posible por fomentar una libertad en cada hermano con el fin de llevarle a una responsabilidad madura, como monje cisterciense, que robustece y centra en Cristo los objetivos de la comunidad.

Los cistercienses somos también presencia de Cristo en nuestra relación con todo el cuerpo de Cristo, al que abrazamos y sostenemos con nuestra oración amorosa y al que acogemos con hospitalidad, recibiéndolo como a Cristo y recibiéndolo como Cristo lo recibiría. Por la hospitalidad, los monasterios cistercienses proporcionamos un ambiente a los huéspedes y ejercitantes que invita a la presencia de Dios y al encuentro con Dios. Me parece a mí que esa es la razón de que en nuestros días mucha gente venga a nuestros monasterios para retiro y para los oficios. Llenas de esperanza, estas personas llevan consigo, al regresar a sus propias comunidades, la paz y el amor que encuentran.

Esperamos ser también la presencia de Dios para nuestros vecinos. Pienso en nuestros hermanos de Atlas y el fuerte vínculo que crearon con sus vecinos en esa comunidad agrícola, un vínculo tan profundo que los hermanos escogieron permanecer en el lugar, con sus vecinos, incluso si ello significara su muerte. Por lo que oigo, no sentían la necesidad de predicar explícitamente sobre Jesús; era suficiente el que la gente de alrededor pudiera experimentar el amor de Cristo a través de ellos.

Los cistercienses procuramos ser el lugar de la presencia de Cristo en nuestra relación con el medio ambiente, allí donde nuestras granjas, ranchos, huertos y tierras son gestionadas con profundo respeto al Creador y a sus designios, dando continuidad al cuidado de Dios por el mundo... al cuidado por su creación. Hoy somos cada vez más prudentes en esta gestión, siendo más reflexivos y conscientes de ella. Lo cierto es que el trabajo de la tierra ha sido siempre parte de nuestra tradición cisterciense, en lo que nuestros monasterios fueron modelos. Tenemos hoy una viva sensibilidad de cómo nuestras acciones afectan al bienestar y al futuro de nuestra humanidad y de todo el planeta. Esta gestión asociada al Creador es nuestra respuesta al carácter señaladamente consumista que, especialmente en los países más ricos, predomina en tantos: la continua adquisición de nuevos productos en una cultura que despilfarra. Nuestra gestión, llena de esperanza, manifiesta sencillamente una alternativa de vida sana en la tierra.

Comenzaba esta charla con la piadosa pregunta que a menudo me hago: "Señor Jesús, ¿quién eres tú y quién soy yo?" Esta pregunta normalmente sirve para centrar y hacer silencio en mi interior, pero en cada época surge una respuesta a la pregunta, dependiendo de la situación personal. En una ocasión particular, cuando acababa de ser elegido abad y me cuestionaba qué podría hacer para recuperar algo del espíritu de los "buenos viejos tiempos", me senté tranquilo mientras esta pregunta iba resonando en mi cabeza y de repente oí en mi interior el texto revelado, "He aquí que hago nuevas todas las cosas". Era para reírme de mí mismo: estaba centrado en recuperar lo viejo y Cristo me dio un giro total de 180 grados de modo que afrontara junto con él lo nuevo. Por supuesto que llevamos respetuosamente el núcleo de nuestra tradición dentro de lo nuevo, pero lo que tenemos por delante todavía hoy, es el reto de ser con y en Cristo, que hace todas las cosas nuevas.

Conformarse con Cristo en este sentido --ser el lugar de la presencia de Dios--, exige que adquiramos más y más la mente y el corazón de Cristo; el modo de ver de Cristo; el modo de amar de Cristo. Esto lo hacemos tanto individual como comunitariamente.

Hacer esto a nivel personal requiere que estemos alimentados abundantemente por la lectio y la oración, en todas sus formas; yo subrayaría especialmente (al menos desde mi experiencia y la de mi comunidad) la transformación que viene desde la oración contemplativa, callada, solitaria. Veo en esto una conexión con el Jesús que se va sólo para orar en la noche y alimentarse en la fuente de la Divina Unión. A veces, en las primeras horas de la mañana, encuentro mi sentido centrado en la pregunta orante: "Señor, ¿de qué forma quieres entrar en mí hoy?"

Comunitariamente, adquirir el modo de pensar y el corazón de Cristo, no sólo requiere que en la comunidad los hermanos estén profundamente entregados a su propio proceso de transformación en Cristo, sino también que la comunidad misma sea capaz de discernir juntos cuál es la especial y particular presencia de Cristo que debemos ser en el mundo, en nuestras situaciones concretas. El recordar la frase de san Benito, que Dios a veces revela lo que es mejor al más joven, es tan importante que aprendemos a escuchar a los demás, a todos y cada uno de los miembros de la comunidad, orando sobre estas cosas, y discerniendo juntos cómo vivir la vida de Cristo en nuestro caso concreto, en las situaciones cotidianas. Veo el trabajo que muchas de nuestras comunidades están haciendo para mejorar los niveles de comunicación entre sus miembros, como una herramienta en este proceso de colaborar juntos para conocer y vivir el modo de pensar y el corazón de Cristo.

En nuestro tiempo, de rápido y radical cambio social y cultural, esta transformación personal de escucha y discernimiento comunitarios son especialmente necesarios. Ser presencia de Dios en el mundo hoy, en conformación con Cristo, supone un cambio profundo para cada uno de nosotros y cada una de nuestras comunidades. Hoy es difícil estar en contacto y reflejar lo que es esencial, en un mundo donde lo esencial está a menudo desdibujado y donde el materialismo y la confusión moral están haciendo estragos. Esto sólo puede brotar desde una comunión cada vez más profunda con Cristo.

Somos privilegiados en este Capítulo al estar reunidos aquí en Lourdes, el lugar donde nuestra Madre María habló a Sta. Bernardita Soubirous hace siglo y medio, un lugar donde el cielo y la tierra se juntaron, un lugar donde tanto se palpa la presencia sanadora de Dios. Es de esperar que nuestras comunidades también sean lugares donde el cielo y la tierra se tocan y la presencia sanadora de Dios actúe en nosotros y a través nuestro. Así seremos verdaderamente conformados con su Cristo, nuestro Emmanuel.


4.  Hna. Lily Scallion de Glencairn (Irlanda)

Desde mi punto de vista y mi propia experiencia

El concepto de escucha es central en la espiritualidad cisterciense. El comienzo de todo movimiento espiritual se encuentra en el corazón. "Conoce el corazón de Dios a través de la palabra de Dios", fue una cita que me dio Sor Eleonor, RSM, que provocó el deseo de Dios en el interior de mi corazón. Empecé a atender a la voz interior y escuché la pregunta "¿Hago realmente lo que Dios espera de mí?" En busca de discernimiento con una hermana dominica, hallé en ella una mujer con una tremenda capacidad de escucha, una escucha con el propio corazón. Fue como estar en la presencia de Dios y por eso fui feliz siguiendo su consejo cuando me dijo:

"Lily, solicita el puesto de monitora de jóvenes en Ballymurphy
y si se te ofrece el trabajo, tómalo y estate allí hasta que Dios
te dé una señal".

Conseguí el puesto, trabajé y perseveré allí durante casi tres años. Ballymurphy es un guetto de Belfast y una plaza fuerte del I.R.A. en los "problemas" de los "seis condados" de Irlanda del norte. Fue una experiencia difícil y dolorosa. A menudo, como forma de escape, hubiera solicitado otros puestos, pero al final seguía trabajando con los pobres de la zona.

Para sobrevivir, me volvía a Jesús diariamente en la Eucaristía, que me dio la fuerza y el coraje para continuar trabajando y combatir el dolor y el sufrimiento que acarrea. Una noche, en el silencio y la soledad de mi dormitorio, tuve una experiencia que sólo puedo comparar a la de Jacob en lucha con Dios.(19) Luché con Dios toda la noche. Me sentía físicamente desamparada. Sentí la densidad de Su presencia y tuve miedo: miedo de lo que se me iba a pedir; miedo a perder mi identidad si Le dejaba tomar posesión de mi vida; miedo de ser apartada de mis amigos y de la gente "normal" de mi vivir cotidiano. Me llené de un humillante temor cuando pensé en mi maldad, las muchas veces que he jugado al escondite y las muchas veces que Le he mantenido fuera de mi vida. Pero no había escapatoria. Me sentía cercada, vencida, anonadada por su poderosa presencia. Fue una experiencia de muerte, cara a cara a solas con Dios. Comprendí que sí: "tengo que dejarme llevar, entrar libremente en esto y aceptar la realidad de esta situación".

Este dejarse llevar no es fácil, es un tiempo de dolor y de lucha. ¿No es ésta la condición permanente de nuestras vidas? El sudor, el dolor, el miedo, fueron todos muy reales mientras la lucha, el regateo, continuaba. La noche fue oscura y larga. Amaneció y una voz amable dijo estas palabras:

          " Lily, es la vida de clausura lo que quiero de ti."

Estaba hecha pedazos, confundida, aturdida y asustada. ¿Qué significaba esto? Me acordé de las palabras del profeta Isaías: "Te he llamado por tu nombre. Tú eres mío".(20) Ser llamado por el nombre es una experiencia muy intensa y conmovedora.

Es imposible describir lo que ocurrió en ese íntimo encuentro con el Señor. Cuando volví a estar en calma y presente a la experiencia, me di cuenta de que había sido el Señor quien me hablaba, y entre lágrimas de pesar, alegría y gratitud respondí diciendo:

"Sí, Señor, Tú has consentido mis voluntades todos estos años; por eso ahora, Señor, de Ti depende: haz conmigo lo que quieras. No tengo idea de lo que quieres de mí, pero te doy todo lo que tengo y confío en Ti para que me lleves allí donde me quieres."

Con esto, experimenté un gran sentido de libertad interior y paz. Cuando llegó la mañana estaba todavía agitada por la experiencia y comprendí que la vida había tomado una nueva dirección. No necesitaba consultar a nadie. Él había hablado claramente y yo había cedido a la magnética atracción de Dios. En mi corazón sentía una fuerza interior y un coraje para confiar en su revelación acerca del camino que tenía por delante. Podría decir que el Señor tomó posesión de mí. Me sentía llena de una nueva confianza y apertura para mantener mi respuesta y compromiso, dados a Él en aquel intenso e íntimo encuentro.

El 21 de mayo de 1.980, conocí a la hermana Agnes de Glencairn y a través de ella experimenté la amabilidad de Cristo, que despertó mi curiosidad por el estilo de vida que hubiera detrás de su actitud.

Convine en visitar Glencairn a finales de junio para ver como hacían sus tarjetas con flores prensadas. Durante las dos últimas horas de aquel viaje sentí emerger un conflicto interno. Un diálogo interior comenzó. El hecho de que iba a pasar un fin de semana con monjas se hizo insoportable. Tanto que al llegar al portón de entrada de la Abadía dï media vuelta y retomé el camino a casa. Tras una hora de retirada, paré el coche y comprendí que debía mantener mi cita, y volví a dar media vuelta. A las puertas de la Abadía me encontré nuevamente con la palabra "Clausura", en la que no había pensado desde mi encuentro con el Señor. Los titubeos se acabaron con mi decisión de pasar la noche si no había rejas. Y no las había. Estaba, pues, obligada a pasar la noche. Me quedé todo el fin de semana y disfruté viendo la confección de las tarjetas y trabajando en el jardín.

Durante el viaje de vuelta me invadía una gran paz, que dio como resultado que me pusiera manos a la obra aquella misma noche y escribiera una carta a Glencairn diciendo que iría a finales de septiembre a unirme a la comunidad.

Desde el principio de mi noviciado me enseñaron a centrarme en Cristo, y pude experimentar cómo, cuando mi centro venía a ser cualquier otra cosa, la vida cisterciense se hacía dificultosa y sin sentido.

Comencé a seguir mis propios deseos, centrándome en las debilidades de los otros y enmarañándome en sentimientos de inferioridad. Todo lo cual da pábulo al conflicto y al dolor. Para mí, este centrarse en Cristo, que exige disciplina para vivir en su Espíritu, cargar cada día con la cruz de mi humanidad.

El dar tiempo y lugar para estar con Cristo en silencio, oración y soledad, no brotó de mí de un modo espontáneo. Antes de llegar al monasterio, yo llevaba una vida muy activa como trabajadora a jornada completa entre los jóvenes, las bombas, las balas, el ruido incesante de los helicópteros del ejército, el fragor de carros de combate, las tanquetas y los rifles, y el sufrimiento resultante de toda aquella situación. Acostumbrarme al silencio y la paz del entorno monástico fue mi primer reto, como podéis imaginaros fácilmente. Todo eso requería paciencia conmigo misma y paciencia también de las demás conmigo.

Poco a poco llegué a apreciar el valor del silencio y la soledad, y a darme cuenta de que lo que al principio parecía una pérdida de tiempo, como la lectio y la oración, estaban encaminadas a permitir al Espíritu de Cristo transformarme y modelarme.

La experiencia de la dimensión humana de la vida comunitaria puede ser donación de vida o negocio de muerte, dependiendo de cómo percibamos diversas situaciones. Como católica criada en los "seis condados" de Irlanda del Norte, para tener un sentido de identidad, yo aprendí desde muy joven a defender lo mío y a ser directa y franca acerca de mis sentimientos en las cosas importantes para mí. Estos rasgos provocaron muchos malentendidos en la comunidad de Glencairn. Algunas veces se tomaba por agresividad lo que para mí no era sino honestidad y rectitud. Debido a todo lo cual yo me sentía sola y como ajena. Y me causaba mucho dolor y sufrimiento. Reflexionando ahora, me doy cuenta de que la raíz de ese conflicto provenía de una diferencia cultural, que producía una profunda oscuridad en mí. Era como estar en un profundo pozo sin fondo. Nadie parecía entender por lo que estaba pasando. Cuando compartí mi experiencia con mi confesor, su respuesta fue: "Es muy pronto para pasar por la Noche Oscura". Así que tuve que continuar en la misma. Durante aquel tiempo me identifiqué mucho con la Pasión de Cristo.

Gradualmente emergí de aquella oscuridad y pude salir a la luz con el acompañamiento de mi Maestra de Novicias, que transitó conmigo la oscuridad. Experimenté su paciencia, amabilidad y respeto, que mediaban para mí la presencia paciente, amable y respetuosa de Cristo. Fue para mí un nuevo amanecer.

La Regla de San Benito es cristocéntrica: Benito nos dice una y otra vez "No anteponer nada al amor de Cristo",(21) "No preferir nada al amor de Cristo".(22) Benito nos alienta a estar constantemente atentos a la presencia de Dios en nuestra vida diaria, que para mí se manifiesta en la relación con los demás, en la belleza de la naturaleza, en el trabajo manual y en la Liturgia. A este modo de vida es al que pienso que nuestro Abad General, Dom Bernardo, nos invita a todos cuando habla en su reciente Carta Circular de la dimensión mística de nuestro carisma cisterciense :

A esta hora de la historia humana, en este momento de transición cultural nosotros, monjes y monjas orientemos más decididamente nuestras vidas hacia el Misterio a fin de ser místicamente transformados por él. Nuestra mística cristiana es en última instancia, una experiencia de reforma y conformación con Cristo.(23)

Parte de esta reforma y conformación con Cristo empieza en el noviciado. No siempre respondemos a la llamada de Cristo en nuestras circunstancias diarias. Por eso tropezamos, retrocedemos y caemos en la oscuridad en nuestro esfuerzo por venir a la luz. De vez en cuando somos ambiciosos, llenos de orgullo, y nuestras voluntades son tercas y precisan mucho desgaste a través de los grados de humildad. San Benito señala en su Regla que "El primer grado de humildad es la obediencia sin demora, que es propia de quienes nada estiman más que a Cristo".(24) Pienso que esta obediencia es el núcleo de la "Conformación con Cristo" en la vida cisterciense. Obediencia y amor no se pueden separar. Cristo amó y porque amó "Él se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz".(25)

San Benito abre su regla diciendo:

" Escucha, hijo, los preceptos de un maestro e inclina el oído de tu corazón" (26)

De ahí la importancia de escuchar esta Regla y sus intuiciones acerca de la vida, con ilusión, o sea "Con el oído del corazón". Es así que aprendemos a oír lo que Dios quiere en cada situación dada y con la gracia del Espíritu Santo nos disponemos para abrir nuestros corazones en respuesta amorosa a dicha llamada. Esto es la obediencia, la disposición para escuchar la voz de Dios en nuestras vidas diarias, que nos arrancará de nuestros pequeños mundos. Como seres humanos frecuentemente dejamos de atender y oír la voz de Cristo. A veces algunos podemos experimentar la ausencia de Cristo más que Su presencia a lo largo de nuestro camino.

Yo experimento Su presencia en mi vida de los siguientes modos. Por ejemplo en mis diecinueve años como hermana cisterciense, constantemente soy animada al ver a las Hermanas felices y realizadas en Glencairn. Pienso en la Madre Imelda Power, R.I.P, quien me alentó enormemente por el celo y alegría que ella exhalaba, y su profunda fe en medio de los altibajos de la vida diaria.

Mi comunidad está compuesta por 40 Hermanas, algunas de las cuales son ancianas y enfermas. A pesar de esto ellas están en la Iglesia preparadas para cantar el oficio a las 4 aún en las frías mañanas de invierno. A causa de estas cualidades de fidelidad a la oración, fe y alegría, las cuales se encarnan en las vidas de las Hermanas, la Iglesia del païs está constantemente atraida a Glencairn para aliviar sus angustias e inquietudes con una atenta escucha. La gente pide oraciones y con frecuencia participa personalmente en la Liturgia de las Horas.

Las más jóvenes son también alentadoras al traer con ellas la vitalidad, la frescura y el entusiasmo por la vida. Ellas muestran también una gran compasión hacia nuestras Hermanas mayores, lo que me lleva a preguntarme si yo misma doy por supuesto a mis hermanas.

Mi familia y mis amigos visitan la Abadía y reparan energías mediante la participación en nuestra Liturgia. Yo, a mi vez, me beneficio con la constancia de su fiel amistad, que anima y respalda mi vocación monástica. Así como la riqueza de esta Liturgia tiene la virtud de fortalecerme y confortarme, también solicita compromiso, generosidad, entrega, disciplina y fidelidad, tanto de mí como de cada miembro de mi comunidad.

Otra bendición de Glencairn es su situación geográfica en la campiña pintoresca de suaves colinas, flanqueada por el río Blackwater ( "el Rin irlandés"). Estoy segura de que muchos de vosotros estaréis de acuerdo si digo que Dios habla muy poderosamente a través de la naturaleza. Quedo fascinada ante el prodigio de Su creación.

Mis primeros años de formación estuvieron jalonados de experiencias que llamo "del huerto de Getsemaní". Uno de los motivos de sufrimiento se centraba en un antagonismo de personalidades con mi Superiora, y la obediencia en tal situación no se hacía fácil. Mi oración entonces era aquella de Dom Marmion:

" Señor, Tú me has traído aquí. De Ti depende que me quede." (27)

A menudo, cuando atravesaba aquella oscuridad, las palabras de mi Maestra,

" Tener a Cristo es todo...Gracias, Señor, por estar en Glencairn."

alimentaban mi pensamiento y me auxiliaban en la lucha, para darme cuenta de que mi vocación era más fuerte que mi sufrimiento. Este sufrimiento fue recompensado el día de mi Profesión Solemne con un desbordante sentimiento de paz y de gracia por ser capaz de entregarme totalmente a Cristo en el camino de la vida cisterciense. Unos pocos años después, pude experimentar la alegría y la libertad de la reconciliación con mi Superiora.

El clima espiritual de nuestros días se caracteriza por el énfasis en la autenticidad de la vida humana. La calidad de nuestras relaciones con el otro es la medida de nuestra relación con Dios. Como monjes y monjas en comunidad, estamos llamados a ser una epifanía de "Iglesia/ecclesia". En la ceremonia de Profesión, la comunidad reconoce la importancia de la oración de intercesión. Compartir es un aspecto esencial de nuestros votos. Las Constituciones hablan de la participación en la vida común, nos llaman a la "mutua solicitud, cooperación y obediencia" (28) y afirman que " la Abadesa gobernará a las hermanas con respeto hacia la persona humana, creada a imagen de Dios".(29) Yo veo esto como una llamada a una profundización en la comunión con cada uno a través de un diálogo en el que escuchemos su verdad. A veces, cuando toca definir situaciones, tomar decisiones, redactar informes de la Casa, etc, una comunidad puede sorprenderse en una dinámica de conflicto en la que los miembros se pongan a la defensiva, den rienda suelta a sus enojos, su egocentrismo, fiscalizando y juzgando a los demás. La unidad se pierde si no se centra en un bien más alto. Esto requiere mutua obediencia, en la que cada cual renuncia a su propio deseo en servicio al otro. Cuando nos abrimos a las indicaciones del Espíritu, nos hacemos capaces de conformarnos al deseo de Cristo.

Un grupo de cistercienses que fueron capaces de conformarse hasta el punto del martirio fueron los hermanos de Atlas. El suyo es un mensaje profético para nuestra generación. Reflejado en sus vidas, tal y como presentadas en "Una herencia demasiado grande para nosotros", lo que me impresiona es la dimensión de su unanimidad. Este grupo de monjes que durante unos cuantos años habían constantemente dialogado juntos frente a una muerte inminente, alcanzó una creencia común acerca de lo que la conformidad con Cristo quería decir dada su situación. En su dialogar habían oído y escuchado a cada uno y finalmente se habían convertido en un solo miembro efectivo del Cuerpo Místico de Cristo invitando a sus hermanos y hermanas argelinos a la Mesa del Amor y de la Reconciliación. Conseguir llegar a ser obedientes incluso en la muerte, una muerte de cruz, es la forma más alta de libertad para un cristiano. Hace dos mil años Jesús hizo exactamente eso, y nos abrió el camino del Misterio Pascual. Nuestros hermanos del Atlas, por medio de su amor, fidelidad, humildad y obediencia, llegaron a ese nivel de libertad y unidad en el Espíritu y, por ello mismo, fueron arrebatados a los amorosos brazos de nuestro Padre Eterno.

Sí, la comunidad de Atlas fue un grupo ordinario de monjes viviendo nuestra vida cisterciense de un modo extraordinario, modo que conforma radicalmente con Cristo. He aquí una descripción de la comunidad en las propias palabras de P. Christian:

" Nuestra vida como monjes nos ata a la voluntad de Dios para con nosotros, la cual es una vida de oración y sencillez, trabajo manual, hospitalidad y generosidad con todos, especialmente con los más pobres. Estas razones para vivir son una libre elección de cada uno de nosotros, que nos comprometen hasta la muerte..." (30)

Nosotros, los primeros cistercienses que estamos en el umbral de un milenio, hemos testimoniado y compartido en la gracia de estas vidas entregadas a "Dios y Argelia". Con humilde corazón, demos gracias a Dios por sus vidas, por nuestras propias vidas. Pido en oración para que cada uno de nosotros responda a esa misma reforma y conformación con Cristo, que en momentos de crisis y cambios, podamos abrazar el espíritu de estas palabras del testamento de P. Christian:

" Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez
que me permita pedir el perdón de Dios
y el de mis hermanos los hombres,
y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón,
a quien me hubiera herido." (31)

Unida a vosotros en Cristo


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NOTAS

1. Guillermo de Saint-Thierry, Exposición sobre el Cantar de los Cantares, Cant. I, VIII, 94: Efficitur ad similitudinem facientis.
2. Ch. DUMONT, Une éducation du coeur, p. 215.
3. O. CLÉMENT, La prière du coeur, Spiritualité Orientale 6 bis, p. 49.
4. J. DELESALLE, "Être un seul esprit avec Dieu" dans les Oeuvres de Guillaume de Saint-Thierry. Tesis mecanografiada, p. 210.
5. Ibid. p. 212.
6. O. CLÉMENT, Questions sur l'homme, p. 50.
7. L.A. 143, citado en J.PYRONNET, C.LEGLAND, Prier 15 jours avec Ghandi, Nouvelle Cité, p. 76.
8. Vita Consecrata, no 16.
9. Madre Blanca LÓPEZ LLORENA, La gracia cisterciense hoy : conformación con Cristo (Leyendo algunas imágenes de Cristo). Pistas y Documentos de trabajo para ayudar a las comunidades en la preparación del informe de su casa para los Capítulos Generales de 1999, p. 1.
10. O.CLÉMENT, La prière du coeur, Spiritualité Orientale 6 bis, p. 59.
11. Libro ascético. Pequeña Filocalia, citado en O. CLÉMENT, La prière du coeur, Spiritualité Orientale 6 bis, p. 59.
12. La vie de recluse, 32 SC 76, p. 153.
13. Ibid., 31, p. 129.
14. Sept degrés d'amour. Traducción por J.B. PORION, Martingay, p. 248.
15. J. LOEW, Comme s'il voyait l'Invisible, p. 76.
16. Guerrico d'Igny, Segundo sermón para la Natividad de María, 3 SC 202, p.493.
17. Cf. Bernardo de Claraval, En alabanza de la Virgen Madre, II, 17.
18. Ch. DUMONT, Sagesse ardente, p. 323.
19. Gen. 32, 26-32.
20. Is. 43,1.
21. RB. c.4.
22. Ibid. c.5.
23. Dom Bernardo, Carta Circular 1999 ; RB. c.5.
24. RB. c.5.
25. Fil. 2,8.
26. RB. Prólogo.
27. Dom Marmion, Christ the Soul of the Monk.
28. Cst. 16,2.
29. Ibid. 16,3.
30. Dom Donald Glynn, Nunraw , A Heritage too big for us.
31. Testamento del Hno. Christian, como referido en A Heritage too big for us.